Holobionte es el primer libro de relatos que leo de Ángel Olgoso. Granadino, de Cúllar Vega, el autor está reputado como sólido referente en el panorama del relato breve en lengua castellana, con más de una veintena de libros publicados.
Hasta ahora solo conocía de Olgoso los microrrelatos incluidos en dos importantes antologías de lo que se ha dado en llamar «el cuarto género»: la exhaustiva y completa Antología del microrrelato español (1906-2011) (ed. de Irene Andrés-Suárez. Cátedra. Letras Hispánicas) y la más específica Después de Troya. Microrrelatos hispánicos de tradición clásica (ed. de Antonio Serrano Cueto, Menoscuarto Ediciones). En esta, como en la anterior, las «historias mínimas» de Ángel Olgoso y otros autores de su generación conviven con las de los grandes maestros (Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Juan José Arreola, Augusto Monterroso o Marco Denevi) de un género que no es una invención reciente como pudiera hacer creer tanto el auge actual de su cultivo y su proliferación como el desconocimiento de la tradición de una concepción «hiperbreve» del relato que no por haber sido considerada, injusta y erróneamente, «menor» es menos antigua, y de tanta raigambre y exigencia que la de sus hermanos mayores, el cuento o la novela.
Holobionte (Eolas Ediciones, 2026) es el último libro de su autor. Su lectura, una experiencia gozosa y un auténtico festín literario, ha ido precedida en mi caso de la de otro libro de Olgoso, de difícil clasificación, Madera de deriva (Libros del Innombrable, 2025), donde ficción y realidad, reflexión y poesía se funden y confunden en una amalgama coherente y feliz. Sus textos están a caballo entre el ensayo breve y el artículo, la crónica –viajera, en varios casos– y el poema en prosa, pues de todo hay en la obra, jubilosamente revuelto.
Podemos rastrear, además, en Madera de deriva, diseminada por sus textos, toda una «poética» en la que el autor expone su concepción de la literatura y de un género, el cuento en todos sus formatos y fórmulas, al que hasta ahora Olgoso ha prestado una especial, aunque no exclusiva, atención: también es poeta en verso, y de ello hay muestras en el libro Holobionte.
A falta de un decálogo del «perfecto cuentista», como el que el gran Horacio Quiroga pergeñó o el que otro señero cultivador del género, Julio Ramón Ribeyro, dejó en su introducción a la recopilación de sus cuentos completos La palabra del mudo, podemos rastrear en Madera de deriva las líneas maestras con las que concibe el oficio de contador de historias del autor granadino.
No sé si Ángel Olgoso habrá inventado su propio decálogo, como recomendaba Ribeyro, pero tengo la impresión, dada la variedad de registros y de tonos de sus relatos, que se atiene al consejo con que el peruano remata su personal decálogo: la transgresión regular de cualquier conjunto de preceptos, incluido el propio.
Traigo, a continuación, una cita del autor de la que puede extraerse una poética, amplia y versátil, del género breve, ya sea cuento o historia mínima:
..nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable….
(Asterismos de la constelación de la Osa Mayor, pág.89)
Esta otra cita, extraída de La lentitud del método, otro de los ensayos de Madera de deriva pone de relieve la apertura del autor a lo inefable y peregrino, hacia lo fantástico e imaginado o soñado, hacia la fértil, feliz e insospechada «ocurrencia», donde la observación va de la mano, en perfecto equilibrio, de la invención, llena de resonancias y correspondencias secretas, como maneras o vías de abordar y penetrar en el misterio del existir y de la experiencia humana en toda su amplitud:
Ya que la creación es la más extrema de las experiencias humanas (un desdoblamiento que satisface el hambre de irrealidad, esa necesidad tan antigua como comer o adornarse), quizá no haya que despreciar nunca lo que de carácter sagrado tiene la escritura, de poder fáustico, de atención dirigida a lo inefable; quizá únicamente desde la invención pueda explicarse lo vivido; y tal vez no deba escribirse solo sobre lo que se sabe sino también sobre lo otro, como quería Felisberto Hernández. Es por eso por lo que la exigencia con la que ha sido forjado un libro, por lo que el relieve de una prosa matizada, verdaderamente humana, inolvidable, capaz de impregnar la sensibilidad de los lectores, el fulgor de una forma que tenga fuerza y la singularidad para durar, o la tenacidad de un escritor que asume el riesgo de dejar su impronta en cada párrafo, contrastan notablemente con esa literatura levantada con el adobo de simples conocimientos formularios, con una sarta de anécdotas inteligibles y corrientes, con una poesía informe, difusa y banal.
(Pág. 177)
Su alejamiento de la escritura roma, pedestre por adocenada y predecible, y su autoexigencia estética como escritor, su inclinación y gusto (contagioso) por la palabra y la expresión precisas, capaces de nombrar lo más difícil sin traicionarlo y banalizarlo, están aquí, en esta lúcida declaración de principios extraída de Madera de deriva:
…escribir bien deviene un acto profundamente moral donde estética y ética se confunden.
Porque, como afirma y matiza más adelante el autor de Holobionte,
…no basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso).
(Pág. 177)
De Holobionte puede afirmarse lo que el propio Olgoso dice de la obra Prosas apátridas de uno de los dos maestros del cuento hispanoamericano a quienes homenajea en sendos retratos literarios, impagables para sus admiradores y que incluye Madera de deriva, Los cigarrillos mentolados de Julio Ramón Ribeyro (el otro va dedicado a Adolfo Bioy Casares, con quien narra un encuentro, bajo el título de Los secundarios): una vez que el lector se «instala» en sus páginas «ya se ha suscitado la devoción». No encuentro mejores palabras para expresar mi experiencia lectora de Madera de deriva y Holobionte.
El término holobionte procede del campo de la biología y designa la asociación simbiótica entre macroorganismos (animal o planta) y microorganismos. El título podría interpretarse como una referencia al equilibrio entre especies que colaboran entre sí y también como una referencia al ser humano, puesto que su cuerpo presta albergue a microrganismos en un intercambio de beneficios mutuos. El significado de holobionte podría abarcar también a la sociedad humana donde únicamente, y gracias al apoyo mutuo al darse recíproco uno al otro, puede desarrollarse y prosperar la vida del hombre. Sin embargo, desde el primer relato hasta el último –con excepciones– se pone de relieve el sentido irónico del título, tal como advierte el prologuista Raúl Brasca.
Esa relación simbiótica que en teoría es consustancial al ser humano aparece cuando no amenazada (Perspectiva, Hispania II, Huéspedes), llena de fricciones y desequilibrios (Hispania l, La travesía) o se presenta rota, como un claro aplastamiento del ser indefenso e inocente por la fuerza bruta y la maldad (Perlas de Idra, El prójimo), o del individuo inerme ante el monstruo del poder deshumanizado y corrompido (El viejo lobo de las desgracias, El tabernáculo, La corporación, Contratiempo). A veces, es la propia conciencia del individuo escindido el escenario donde se confrontan los impulsos contradictorios desatados por el equilibrio roto de la simbiosis entre el individuo y los otros (El síndrome de Lugrís, Claudicación, El hombre bifurcado, Amargo, Laconismo).
Las vías para escapar del choque con el prójimo, de la infelicidad y del dolor se muestran cegadas y ni la memoria y ni el apartamiento sirven (Será como si no hubieras existido, El misántropo, Curso acelerado de filantropía, Cuento de horror). Hasta el amor de pareja parece marcado por el desencuentro (La mujer transparente, Venablos, El solipsista, Última necat, Doxografía). El mal y la desgracia se ciernen sobre el hombre como una fatalidad contra la que la acción evitadora está condenada al fracaso (Dones). Con todo, en este panorama desolador, la ironía y el soterrado humor, la poesía y el poder de la palabra abren brechas por las que asoma la compasión (Perlas de Indra), el perdón (Carta al hijo), o el amor en sus variadas facetas (Okitsu, Émula de la llama) y la armonía de la simbiosis parece restablecerse, y el «holobionte» del título cobra su sentido exacto. El darse mutuamente ofrece sus frutos: «tu firmamento es mío, mi firmamento es tuyo», expresa el narrador, transmutado en poeta, en el largo y torrencial poema de amor que, con el título Émula de la llama», tomado del poema que a la rosa dedicó el poeta barroco sevillano Francisco de Rioja, se abre pasada la mitad del libro. Olgoso combina verso y prosa en este poema, que, en cierto modo, contrasta con el laconismo y la condensación que impone la brevedad del cuento y la historia mínima. Sus enumeraciones exhaustivas y exuberantes, y sus poderosas imágenes arrastran al lector en este caudaloso poema barroco de amor.
Otro texto, un cuento largo y de apariencia realista, El síndrome de Lugrís, sirve también de contrapunto en el conjunto, formado por sesenta y cinco «relatos» de formatos diversos en los que predomina el microrrelato (alguno de apenas dos líneas como este Cuento de horror: «Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano») o el cuento corto.
Si nos atenemos a la clasificación temática que en unos de sus títulos (Cuentos de amor, de locura y de muerte) hace Horacio Quiroga, El síndrome Lugrís entraría de lleno entre los cuentos de locura. A diferencia de lo que ocurre con ilustres antecedentes, como en El hombre de la multitud, El gato negro o El corazón delator, de Poe, o en El Horla del otro gran padre de la cuentística moderna, Guy de Maupassant (dejo aparte a El licenciado vidriera de Cervantes), aquí no se nos hace partícipe a los lectores del proceso que lleva a la locura mediante el uso de una primera persona narrativa que nos instala en la mente perturbada del protagonista por ser desde su perspectiva desde la que se narra, sino que se recurre, en un arriesgado «más difícil todavía», al narrador testigo. Sin embargo, no por ello el resultado es menos inquietante, angustioso y perturbador. Al contrario. El autor nos enfrenta ante el misterio de la locura y la angustia que suscita más allá de explicaciones racionales. Nos pone, sin recurrir al artificio ya explotado por otros de contar desde dentro las etapas, frente a frente ante la locura y su misterio descarnados, en crudo, tan difíciles de explicar (aunque la ciencia esté en ello) y de comprender. Como todo lo que rebasa los parámetros de la razón y la lógica, la locura suscita angustia y miedo, y el autor sabe convocarlos. De resultas de esa convivencia tan estrecha y afectiva que el personaje narrador –el cuento también puede leerse como un homenaje a la fidelidad en la amistad– mantiene con su amigo perturbado, la visión delirante de este impregna y se mezcla con su angustia y miedo propios, y tememos que también se apodere de él, y de paso que prenda en nosotros, los lectores. Es un cuento de terror sin paliativos, con fantasmas interiores.
Las referencias geográficas y la ubicación en lugares concretos propias de un cuento realista –tan raras en un conjunto de relatos donde el espacio es inventado o mítico en la mayoría de los casos, siempre difuso e inconcreto–, acentúa por contraste la sensación de extrañamiento que suscita el relato del lector. El síndrome Lugrís discurre en una Galicia donde las nieblas parecen haber sido disipadas por la alegría de vivir. Otra excepción en la que el espacio se concreta es el cuento largo Amargo en el que las calles y los bares de una Granada nocturna son el escenario por el que el protagonista arrastra su soledad radical en su bajada al infierno.
La intertextualidad es otro atractivo del conjunto. Carta al hijo, imaginada respuesta a la famosa Carta al padre de Frank Kafka, propone otro final en un juego de espejos para la amarga La metaformosis. El misántropo es una genial y humorística variante del «enterrado vivo» de Edgar Allan Poe. Okigsu, por delicadeza y su rosa alada recuerda a los maestros japoneses. El argumento de Determinación parece condensar el argumento de La bien amada de Thomas Hardy. El solipsista podría pasar por una página arrancada de Rayuela y un homenaje a Julio Cortázar.
El lector que se adentre en las páginas de Holobionte podrá encontrar muchas sugestiones y diferir (por supuesto) de mi personal lectura. Como ocurre con la buena literatura, Holobionte puede leerse muchas veces –es aconsejable– y no se agota en una sola lectura. El placer está garantizado en cualquier caso.
Algunas citas
De «Madera de deriva»
El límite indistinguible del silencio y de la luz…
(Pág. 72)
…un estado de exaltación muda, una epifanía, un punto exacto pero localizado, un kairós, un intervalo oportuno y decisivo, un instante bellamente herido, un gozo sensual, una delicadeza difusa, sin materia. Era como si las manchas de luz tintinearan y los sonidos centellearan durante aquel lapso…
(Págs. 78/79)
…nadie recela de que contar historias sea sanador para el alma; de la imaginación como cartografía, como modo primigenio que tiene el hombre de entender el mundo, de sentir la evanescencia de lo real a pesar de sus sólidos contornos; de que la inclinación por las imposibilidades, de que el deleite por lo estrafalario, por lo peregrino, por lo ocioso, por la ensoñación en suma –con su caos liberador, su vuelo liviano y titilante a través del espacio y el tiempo– son una pulsión atávica, un placer innato e irrenunciable…
(Pág. 89)
…cuánta violencia, ambición, vanidad y pleitos, aparatosamente y para nada.
(Pág. 94)
Hacer del mundo un lugar decente para todos, ya que únicamente nos llevaremos lo que hemos dado.
(Pág. 95)
Era otro de nuestros viajes de proximidad (la vida no da para más). Exponernos por un día a un territorio diferente, a otra realidad, agudiza los sentidos. Nosotros –pobres y esporádicos viajeros de paso– no viajamos para huir sino para alcanzar la posibilidad del misterio, para nuestro propio deleite, para compartir un temblorcillo de curiosidad, un acto sensorial, un trayecto iniciático, una búsqueda del tesoro.
(Pág. 98)
…la belleza necesita que alguien la vea.
(Pág. 102)
Se pertenezca o no a un pueblo para el que el sol se pone invariablemente sobre el regazo del mar, quizá los paraísos –si los hay– residan en puntos más próximos e inapreciables, como una simple gota de agua que serpea por el borde de una hoja. Aunque no haya un hombre cerca para apreciarla. Sobre todo si no hay un hombre cerca.
(Pág. 109)
Pero sigamos admitiendo el pasado como un condimento necesario de los placeres de la vida. Esas secuencias tangibles del ayer nos reconcilian con nuestra caducidad, nos consuelan de nuestra incompletitud y nos desagravian de la muerte, con su disolución, su podredumbre y su olvido inadmisibles. (…) esa especie de ámbar no solo alberga brutales delitos, lances heroicos e intempestivos y todo cupo de infortunios y de terribles fúlguras de la historia de la humanidad (…), sino también humildes ocasiones cotidianas; que puede percibirse todavía, mucho después de haber titilado la materia, esa vibración afanosa y delicada como alas de libélula en las habitaciones en las que alguien ha llorado, ha amado o ha muerto.
(pág. 132)
No puedo evitar traer a colación también entre los cronotopos, siquiera someramente, las coyunturas espaciales en que cada uno leyó los libros que timbraron su vida…
(Pág. 135)
… nada que nos concierne se desvanece para siempre sin dejar rastro, y menos aún estos apegos, nuestros dolores, nuestros goces o nuestra necesidad de consuelo. Todo es único, todo sobrevive de una manera u otra a los estragos del tiempo y de la relegación.
(Pág. 137)
…en Ribeyro cada vez encuentro más cosas similares a las que pienso y siento y tan bien dichas, además, que me eximirían de escribirlas…
(Pág.139)
…un escritor no puede en realidad formarse idea de la dimensión de su escritura. Según Salter, resulta improbable ver a esta íntegramente como un edificio o una escultura, ya que es solamente una especie de humo capturado y estampado en una página.
…para muchos será mejor vivir de la literatura que con la literatura.
No basta con que algo pueda ser leído con agrado, sino sentir que la llama creativa ha ardido al rojo vivo. Lo menos a que está obligado un creador es a hacer las cosas de la mejor manera posible, con paciencia y con recogimiento, con minuciosidad y moroso esmero, con palabras hechas a medida, sin atajos y sin expectativas, poniendo toda la carne en el asador, como uno de esos ígneos cuerpos estelares que atraviesan cuidadosa pero decididamente el espacio hasta colisionar con el otro que les estaba destinado (el lector, en este caso)….
(Pág. 177)
…la peor tinta es mejor que la mejor memoria….
(Pág. 182)
Lo mejor que puede hacer el desventurado es aislarse del resto de los hombres. Hay que evitarlos porque son enemigos del que sufre. Quien es desdichado, piensan, es culpable. Lo único que le resta entonces al infeliz es no perder la dignidad. El orgullo es el corolario de la desdicha. Cuando un revés del destino nos arroja fuera de la sociedad, nuestra alma, desprovista de objeto al cual dirigir sus apetitos, se dilata hasta encontrar refugio en el orden armónico de la creación. La desgracia tiene un lado útil: afina el diapasón del alma. Logra entonces estar en paz consigo misma, pues sabe en carne propia que el alma sin herida es un alma muerta
(El planisferio de Morgius Cancri, pág. 183).
De «Holobionte»
El malentendido es la carta de presentación de los solitarios.
Yo escuchaba a mi padre embelesado, y él se derretía de dicha ante mis ojos abiertos como calderos de bronce por la exposición de sus ocurrencias.
Nuevo como el sol de cada mañana, iba descubriendo el alarde discreto de la naturaleza artificial, su esplendor menos transitorio que el nuestro…
…el melancólico gorjeo de los cuclillos que vuelan entre el reino de los vivos y el de los muertos…
Ya no vigilas nidos, ya no habrá más verdes renuevos ni terroncillos de azúcar que llevarte a los labios, ya tus miembros no van a las mil maravillas, ya no recibirás nunca un mirar amistoso ni volverás a meter el brazo hasta el codo en la aventura. Ya quedaron atrás las espigas en los calcetines. El dibujo infantil de las casitas del pueblo, los manteles limpios, el olor de un libro nuevo, la luz sobre su cuerpo desnudo, la risa del niño-jabato, el rosal que plantasteis, las vacaciones como castañas cocidas en leche fresca, la verbena del mundo con sus brillantes cadenetas de momentos e ilusiones.
Vivos mientras yo paso inmóvil por las pasiones que me destrozan sin rozar siquiera el muro que me separa del universo. Sufro de verdad. No soy sino una mueca de mí mismo. ¡Tan angustioso y tan ridículo! Ha, ha… «El corazón es un cazador solitario». Eso es. Mi liberación interna entraña determinadas modificaciones: debería, en primer lugar, abandonar la conciencia de mí mismo en todo lo que hago; y después, particularmente, dejar de mordisquear mi propio martirio. Quizá escriba un relato, una confesión.
Cuento de horror: Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

