A la hora de explicar el surgimiento de la nueva ciencia, un buen número de autores ha dado sendas interpretaciones del cariz más variado. En algunas ocasiones se han aportado pruebas supuestamente monocausales; en otras se ha acudido a varios factores concomitantes. En mi modesta opinión, cuanto mayor sea el número de “causas” alegadas razonablemente para explicar la revolución científica, más acertados estaremos a la hora de dar cuenta del fenómeno. Eso sí, en el límite, entre tantas causas, cada una tendrá tan poca influencia que podrá considerarse como no causa, después de todo (y a eso quería precisamente llegar).
Yo no creo en el principio de causalidad, a pesar de que resulte tan intuitivo y de que todos los seres humanos lo apliquemos a diario. Y menos creo que sea aplicable a la sociología o a la historia. Al contrario, pienso que las manifestaciones que caracterizan a una civilización constituyen todas juntas un tren de causas-efectos, por llamarlo de alguna manera. A más coherencia, es decir, cuanto más en fase estén esas manifestaciones, más pujante es la civilización en cuestión.
Ni siquiera puedo persuadirme de que existan “causas principales”, o de más peso, frente a otras secundarias, y que al menos las primeras puedan tomarse como variables independientes para explicar, en el caso que nos ocupa, el estudio de la Revolución Científica, por qué la ciencia nueva eclosionó donde lo hizo y cuando lo hizo. Yo prefiero, pues, hablar de manifestaciones conectadas, no de causas, y creo que es una buena vía de investigación explorar qué manifestaciones se producen junto al florecimiento científico. Un supuesto práctico totalmente arbitrario: si en cierta civilización X se dio la ciencia junto a una determinada religión politeísta, un gobierno de corte dictatorial, una sociedad no sexista, bilingüe, con un sistema de valores que sitúa en su cúspide la experiencia de los ancianos, etc., entonces sería útil explorar las relaciones entre esas manifestaciones de dicha civilización para entender no sólo el lugar de la ciencia en ella, sino por qué concurren todas esas manifestaciones “con éxito”.
No quiero decir que exista una “fórmula de éxito” concreta y determinada, es decir, que si se dan por ejemplo los ingredientes a, b y c, sea altamente probable que se dé también la ciencia. Pero, si existe esa fórmula, buscarla es una tarea muy compleja. La ciencia ha progresado en civilizaciones que consisten en “cócteles” muy dispares. Pero quizá le ha sucedido como a las plantas, que necesitan condiciones concretas aunque no fijas. Por poner un ejemplo completamente arbitrario, supongamos que ciertas plantas pueden crecer si se dan las siguientes circunstancias: terrenos calizos pendientes, con una humedad entre el 30 y el 50 %, temperatura máxima de 40 grados, y que existan ciertos “bichitos” en la tierra que produzcan un humus poco ácido; pero imaginemos que también se haya comprobado que pueden prosperar con arcillas, al socaire de los vientos de poniente, a la sombra y en presencia de ciertas otras plantas simbióticas y animales de guano ácido; por el contrario, supongamos que no medran en tierras arcillosas en márgenes de ríos y… etc., etc. Nótese que las propias plantas pueden contribuir al mantenimiento de esas condiciones requeridas (por ejemplo, evitando la erosión de los suelos propicios, o contribuyendo a mantener el grado de humedad o el tipo de ácidos del suelo) Es entonces cuando se da una fórmula de éxito, precisamente en esa simbiosis. Y apréciese que definitivamente pueden existir condiciones en las que la especie de planta en cuestión no crece en absoluto. Insisto en que creo que lo mismo le pasa a la ciencia.
Por lo tanto, para construir una teoría sobre el surgimiento de la ciencia yo empezaría no por aislar supuestos factores, sino por reunir todos los que observo en determinado momento histórico, y tratar de demostrar por qué el combinado concreto contiene a la ciencia y prospera, y descubrir otras mezclas que resulten equivalentes.
Es que dar explicaciones monocausales conduce a paradojas y a razonamientos circulares. Me ha llamado la atención especialmente la defensa que hace Eisenstein de la imprenta como propagadora del cambio en la revolución científica y la contraargumentación de Thorndike, que apunta lo contrario: la imprenta retrasó el desarrollo de la ciencia porque popularizó textos como el Almagesto (Cohen, 359, 360). Insisto en que si se quiere mantener el principio de causalidad, debe buscarse el mayor número de causas concomitantes, para poder alegar en este caso, por ejemplo: “sí, la propagación del Almagesto por la imprenta pudo frenar el desarrollo de ésta u otra rama de la ciencia, pero no ocurrió tal porque este otro factor (sea X), tan importante como la imprenta, lo contrarrestó”.
En la lectura de la discusión de otras posibles “causas” de la revolución científica también encuentro opiniones enfrentadas. Así por ejemplo, Duhem estima que “la demolición de la ciencia aristotélica” permitió el nacimiento de una nueva ciencia (Cohen, 261), mientras Randall opina totalmente lo contrario (Cohen, 282) y Wallace, como Salomón, se queda en un término medio: el aristotelismo influyó, pero sólo en Italia (Cohen, 282). Algo parecido sucede con la explicación alternativa: la importancia de Arquímedes. Para Rose, “el modo arquimediano de pensamiento, si se aplica rígidamente, puede conducir y lo hará de hecho a un callejón sin salida, como los principios cinemáticos aristotélicos” (Cohen, 278). Sin embargo, para Wallace “Arquímedes constituyó una inspiración fundamental para Galileo” (y por tanto, para el nacimiento de una ciencia nueva) (Cohen, 284).
Con todo esto no quiero decir que en toda civilización científica los distintos ingredientes del “cóctel rico en ciencia” estén siempre en la misma proporción constante. Una fórmula de éxito para hacer una paella no consiste en mezclar 1 kilo de arroz, 1 kilo de sal, 1 kilo de carne, etc. Y, por otro lado, pueden resultar buenos platos combinando los ingredientes en distintas proporciones.
Entiendo, sí, que se puedan encontrar conexiones más fuertes de la ciencia con determinadas manifestaciones de una sociedad que con otras. En ese caso cabría hablar no de causas, sino de factores más importantes, y en un producto (a diferencia de una suma) son tan importantes para el resultado los factores pequeños como los grandes.
En mi modo de ver, determinadas formas de ser y de pensar de una sociedad, ciertas actitudes ante la vida y su posible trascendencia, tienen una relación más fuerte con el nacimiento y mantenimiento de una ciencia pujante que otras manifestaciones más “instrumentales” como la imprenta (de la que, al fin y al cabo, dispusieron los chinos mucho antes que los europeos) u otros desarrollos técnicos (sin que esto signifique restarle la importancia justa que puedan tener).
Otra consideración. Un científico necesita que a su alrededor la sociedad que lo cobija piense científicamente, y crea en lo que él hace. Por otro lado, para llevar a cabo una revolución científica hace falta tanto el compromiso de una sociedad entera con la empresa como el que se den en ella científicos-punta, auténticos gigantes con fijación obsesiva en el objetivo, con fe ciega en que los métodos que emplea le permitirán desvelar la naturaleza, con gran capacidad de síntesis y espíritu aguerrido frente al desánimo (por eso, el reconocimiento del papel del científico por su sociedad es vital, como señala Ben David (Cohen, 367)). Es decir, debe darse una estructura cónica de la sociedad en este sentido, con una ancha base y vértice bien agudo.
En ese sentido, es curioso cómo muchos autores emplean expresiones del tipo “fue necesario que llegara Copérnico para que diera una vuelta radical a todo lo anteriormente establecido…” (la frase es ficticia). Copérnico sólo es la cumbre. ¿Qué hubiera hecho sin los datos astronómicos reunidos pacientemente durante siglos por toda la Humanidad, sin las aportaciones hechas en épocas anteriores por otras cumbres, que luego fueron decantándose hacia la base? ¿Por qué observaban el cielo los babilonios (y otros muchos pueblos)? ¿Es porque creían que ellos iban a poder establecer con certeza el funcionamiento del sistema solar? ¿O en realidad intuían que no podrían alcanzar tan gigantesco objetivo pero no por ello debían dejar de mirar y anotar con denuedo para que esos datos los usara una mente más privilegiada o con más recursos alguna vez?. Si fue así, no otra intención nos anima ahora a seguir trabajando e investigando. Los científicos que están en algún momento en la cumbre han tenido la gran suerte de ser los “destinados” a completar empresas humanas, a ceñir los laureles que toda la humanidad va tejiendo. Pero no por ello son responsables en exclusiva de nada.
Paradójicamente, la ciencia prospera junto a compañeros aparentemente incompatibles. Por ejemplo, la religión. Pero es que no tienen por qué estar reñidas ambas manifestaciones del ser humano. De hecho, ciertas religiones “comulgan” bastante con los objetos de la ciencia, y viceversa. Y el cristianismo es una de ellas. A pesar de ciertas corrientes dentro de este credo adversas, también las hay favorables. Por hablar de España, frente a la Inquisición también está el espíritu jesuita o el del mismísimo Opus (a juzgar por la cantidad de adeptos que tiene colocados en instituciones científicas). Sin lugar a dudas el escolasticismo medieval es procientífico, a diferencia de la religión coetánea islámica. Y también el protestantismo de la Inglaterra del siglo XVII, que se ha considerado bien relacionado con la ciencia, aunque asimismo lo estuvo el catolicismo en otros países, como más abajo comento.
En general, una religión compatible con la ciencia considera la existencia de un dios que respeta las propias leyes que ha creado y que otorga libre albedrío al “culmen” de su creación, el hombre. Por el contrario, una fe que establece el intervencionismo del dios a su antojo y conveniencia tiene que estar reñida con una ciencia firme y duradera. No hay científicos musulmanes; si se es científico no se es musulmán de corazón, y al revés (aunque se viva en un país islámico, y digo esto porque se usa a mi entender mal la expresión “científicos musulmanes”, aplicando el calificativo sólo por el hecho de haber nacido en un país donde predomina ese pensamiento religioso). Una apostilla: el agnosticismo suele conjugarse muy bien con la ciencia; quizá mejor que cualquier religión (al menos, en la actualidad).
La revolución científica, a mi modo de ver, se dio junto a la evolución de una forma de pensar religiosa propicia. Pero hubo más manifestaciones sociales favorables. Se puede constatar que otros buenos compañeros de viaje de la ciencia son ciertas formas de poder. En principio, parece que no importa demasiado que se trate de poderes políticos autoritarios o representativos, y buenos ejemplos los tenemos en la Europa de este siglo. Más bien da la impresión, tras una revisión de la historia, que la ciencia liga bien con formas de poder fuertemente expansionistas, física, económica, política e intelectualmente. Pueblos centrípetos se han perdido en la circularidad de sus ombligos (aunque quizá han conseguido más altas cotas espirituales, en contrapartida) que aquellos otros que han querido imponer su forma de ser a los demás para, por esta vía de “meter a los otros en familia”, tratar de evitar “peligros amarillos” (por emplear el símil del miedo a los chinos que muchos pueblos del mundo padecen). Así se busca la tranquilidad general. Y, por cierto, la persecución del confort material también es una manifestación de las civilizaciones que medra junto a la ciencia. Así pues, formas de poder y actitudes ante la vida hay que buscarlas, me parece, en el árbol de la nueva ciencia, junto a otras manifestaciones de la civilización en que surgió.
He hecho un alegato contra el “causalismo” a la hora de “explicar” el surgimiento de la ciencia aquí o allá y la defensa de la postura más “integradora” consistente no en ver qué causas promovieron la ciencia en una civilización, sino qué factores concurrieron junto a la ciencia de modo tal que el producto resultante fue una civilización con todas sus manifestaciones (y entre ellas la ciencia) fuertes.
Podríamos pensar, sin embargo, en que a veces sí parecen existir auténticas causas independientes. Trataré de refutarlo también. En el ejemplo de las plantas y las condiciones ideales para que nazca una especie determinada que proponía más arriba no he comentado un caso especial: que un agente externo las abone, las cuide especialmente y las haga crecer a pesar de que las demás condiciones del medio sean hostiles. ¿No podría tal intervención constituir una causa externa, realmente independiente? No lo creo. ¿Por qué no lo vemos así?: es la propia planta la que “llama”, la que pide ser abonada, la que con sus cualidades (riqueza en hidratos de carbono o simple belleza) “reclama” que se la cuide, porque ofrece ventajas a cambio. Como ninguno de los dos sentidos debe ser privilegiado, ¿por qué, en resumen, no hablamos de interacción?
A escala “micro” sí que es más plausible admitir la existencia de causas independientes. Por ejemplo, si por la reclamación de unas cuantas comunidades importantes de (digamos) una provincia, las autoridades deciden crear en esas y en las demás comunidades una Academia de Ciencias, puede que en una de ellas que en principio no la solicitó, la institución sirva precisamente para que uno de los habitantes, en principio “destinado” a destripar terrones, despierte e inicie una fulgurante carrera científica. Pues bien, soy escéptico al respecto. Creo que un Faraday estará “destinado” a asistir a las conferencias en la academia de un Davy, buscará esa escuela aunque esté en el otro extremo de la ciudad (recordemos, además, que antes de conocer a Davy Faraday ya estaba “preparado” para perseguir lo que quería: como aprendiz de encuadernador había leído obras de Volta y otros científicos).
Pero, en cualquier caso, las “causas” sólo tendrían importancia a escala micro, de la misma manera que aunque un sistema termodinámico está sujeto a fluctuaciones microscópicas, a nivel macro se produce tal compensación que, a mi entender, causas y efectos no son sino dos caras de la misma moneda.
Muchos autores persisten, sin embargo, en tratar de encontrar razones monocausales ingenuamente reduccionistas para explicar estancamientos o booms científicos. Por ejemplo, a partir de sendos análisis hechos por Koyré, Whewell, Dijksterhuis, Hooykaas, Sambursky, Farrington y Clagett (Cohen, 241-252), Cohen saca la conclusión de que la ciencia griega declinó a causa de “la ausencia de equilibrio entre razón y experiencia, por su sesgo organicista, o a causa de darse en una sociedad esclavista, o declinó con el advenimiento de los romanos y del cristianismo”. Obsérvese el uso de conjunciones disyuntivas y no copulativas. ¿Por qué no pensar en que la presencia simultánea de todos esos factores dejó de constituir una “fórmula de éxito” para la ciencia griega y por eso se bloqueó? ¿Por qué pensar siempre en causas excluyentes de otras, y no en factores concomitantes?
A veces el recurso al monocausalismo alcanza tintes de exclusivismo nacionalista, o de otros tipos que ya resultan de un infantil insoportable. Veo, así, la tendencia en algunos autores a buscar hitos determinantes de la revolución científica que tienen por lugar geográfico el país de origen del autor. Eso ocurre, por ejemplo, con Duhem (Cohen, 261-264), que trata de atribuir a su compatriota el obispo Tempier (repárese: una sola persona, para más inri) el mérito de haber iniciado una nueva forma de pensar mundial, e incluso Duhem pone una fecha a ese acontecimiento: 7 de marzo de 1277.
A veces no se trata de entronizar a compatriotas, pero se detecta también una tendencia a preferir un país a otro por razones personales. Hooykaas, con Portugal, es un caso. Me imagino la situación previa: el investigador busca una tema original para una tesis relacionada con la revolución científica. Descubre un país manejable en tamaño, no tratado hasta entonces (porque ha producido poca ciencia o por otra razón), y decide que es un buen campo para abonar. Aprende el idioma (Cohen, 354) y, al parecer, se enamora del país. Y luego empieza a escribir cosas como “quizá no hay literatura en Europa que, tan claramente como la portuguesa, refleje mejor…” o “fueron los portugueses los primeros en Europa que…” (Cohen, 355; subrayados, míos). ¡Nadie dio importancia a la influencia de Portugal en la revolución científica y ahora resulta que se pasa Hooykaas por allí y descubre que los portugueses son los mejores! Cohen comenta que “desafortunadamente, sus publicaciones [de Hooykaas], aunque escritas la mayoría en inglés, sólo circulan en Portugal y Holanda, y así no han encontrado respuesta en el mundo de los historiadores de la ciencia” (Cohen, 354) (¿Y no podría darse otra explicación menos bondadosa a esa escasa difusión del libro?)
Esta tendencia a otorgar a un solo país todo el mérito de la revolución científica tiene por indudable benefactor a Inglaterra. Y para evitar demasiadas críticas a esta hipótesis se admite también a Francia como segundo país productor. Así, dice Cohen (pág. 372): “podría parecer como si las entidades geográficas ‘norte de Europa’ e ‘Inglaterra’ hubieran sido usadas casi intercambiablemente. Pero este no es realmente el caso. Ben-David es de la opinión de que un movimiento científico bastante comparable al inglés en sus orígenes y en sus aspiraciones sociales surgió también en Francia”. El comentario de Cohen viene a resultas de una, a mi juicio, tendenciosa opinión de Ben-David en el sentido de que “sólo en el norte de Europa pudo surgir un movimiento ‘cientístico’ que había fracasado en Italia” (Cohen, 370). Se quiere minimizar así la precoz influencia impresionante de Italia (Sellés, 29 y ss.) y hacer gravitar la revolución científica sobre el momento histórico en que Inglaterra se incorporó de lleno al movimiento. Ese es otro absurdo; por más que el siglo XVII viviera un boom, sin los esfuerzos del XVI no se habría logrado nada, y estos esfuerzos estuvieron basados en anteriores, y así hasta la noche de los tiempos.
En otras ocasiones no se cargan las tintas sobre el propio país, pero sí sobre una manifestación distintiva del mismo. Y así me parece que sucede cuando Merton insiste en la importancia del puritanismo protestante en el desarrollo de la ciencia. Pero como indica Kuhn (Cohen, 320) “si Bacon, Boyle y Hooke parecen ajustarse a las tesis de Merton, Galileo, Descartes y Huyghens no lo hacen”.
Y así se han alegado decenas de razones que supuestamente son determinantes para explicar el nacimiento de la nueva ciencia, que recoge Cohen: el humanismo (271), la recuperación de los griegos (274), las influencias neoplatónicas y herméticas (285), un nuevo escepticismo (296), el capitalismo (329), la revolución copernicana (268), el utilitarismo baconiano (293), la “visión bíblica” del mundo (310), la destrucción de las barreras sociales (340), la influencia de los artesanos (345), las nuevas tecnologías del tiempo (351), los descubrimientos (354), la imprenta (359), la legitimación social del científico (367), etc. Otros autores han dado interpretaciones no recogidas por Cohen; por ejemplo Huff considera que lo importante es la revolución legal experimentada (Huff, 145) y las instituciones científicas específicas de occidente (Huff, 197).
Me pregunto: ¿por qué cada uno de esas razones no se deja de ver como causa y se empieza a contemplar más bien como síntoma? ¿Por qué no se forma una gavilla con todas esas “causas” y se estudia la relación entre ellas no desde un punto de vista mecánico-causalístico sino organicista?
Koyré es el autor más escéptico que he encontrado: “Todas las explicaciones, por más plausibles que parezcan, acaban inexorablemente dando vueltas a un círculo” (Cohen, 328), y opina, según la glosa de Cohen (Cohen, 328), que “la Revolución Científica [debe ser] antes de nada conformada conceptualmente, descrita en sus hechos y analizada interpretativamente. Debe dejarse para otros el trabajo de determinar qué poco puede decirse de sus causas”. Cohen, no obstante, considera que “a pesar de éstas, sin duda sabias advertencias [de Koyré], puede lograrse cierta clarificación sobre las posibles raíces de la nueva ciencia en el nuevo dinamismo europeo sin caer en un reduccionismo social o en la trampa de la circularidad” (Cohen, 328).
Esas palabras de Cohen son la evidencia de que de hecho estamos atrapados en una trampa, que es la de la causalidad. Y lo peor es cuando ésta se ve reforzada por una cierta mitificación de la ciencia y del científico, también lugar común en los escritos sobre estos temas. Ben-David considera muy importante para el desarrollo de la ciencia el reconocimiento del papel social del científico (Cohen, 367), y efectivamente creo que es así. Pero sólo muy recientemente se han hecho estudios desmitificadores que apuntan a que en ocasiones el “papel” del científico tienen connotaciones de “papel teatral”. Cualquier estudio sobre la figura del principal protagonista aparente de la ciencia que pretenda dar luz sobre los albores de esa ciencia debe tener en cuenta que el científico es un ser humano, y como tal tiene virtudes y defectos. Su modo de trabajo no es siempre tan “puro” como muchos creen. El método lógico deductivo la mayoría de las veces se aplica a posteriori, para dar una hermosa pátina de razonamiento elegante a hallazgos que en muchas ocasiones se han obtenido por simple casualidad. (En este sentido, yo no creo demasiado en la importancia del sistema aristotélico para la revolución científica.) Un buen libro de matemáticas, por ejemplo, que suele constituir un monumento de lógica demoledora de principio a cabo, no es sino la presentación final de un camino en zigzag, a menudo con retrocesos, otras parcheado con trampas parciales. El resultado final es lógico, pero el proceso que condujo a ese resultado normalmente no lo es tanto. Curiosamente, en algunos casos en que verdaderamente se ha llegado a resultados interesantes usando la lógica deductiva, al no coincidir éstos con lo esperado por eso tan humano que podríamos llamar lógica intuitiva, la primera conclusión ha sido que se ha cometido un error (y valga de ejemplo Planck y su constante h).
El tan cacareado sistema de valores del científico (universalismo, comunalismo, escepticismo organizado y desinterés) es en ocasiones pura patraña. Hay profesionales de la ciencia (puede que más de lo que nos imaginemos) que ocultan conclusiones parciales para que no se les adelante nadie, defienden sus resultados a ultranza aunque no estén completamente seguros de ellos y quieren conseguir con la ciencia una mejora de su posición económica y social. Pero quizá el brillo de los logros científicos disimule la prosaica opacidad que a veces se da en sus conseguidores.
Resumo la idea general de todo lo escrito: está pendiente hacer un trabajo de caracterización de la sociedad que dio lugar a la nueva ciencia, y explorar qué factores se dieron junto con la ciencia naciente y qué relación guardan unos con otros. Muchos de esos factores se han identificado; ahora falta encontrar su interrelación. Entre otros, se ha observado que se produjo una confluencia de la práctica con la teoría, de la experimentación con las lucubraciones de academia, de las artes prácticas con la filosofía. Que se encuentran en la misma sociedad, y a veces en la misma cabeza, el neoplatonismo con el aristotelismo, las artes del fuego con las mecánicas (se investigan tanto los gases como los sólidos). Y no sólo en ciencia, sino que este encuentro de contrarios produjo resultados monumentales en otros campos. ¿No es el Quijote el paradigma de la concurrencia de las dos mentalidades, idealista y realista?
A mí las civilizaciones se me antojan un trasunto global de los seres humanos que las conforman. Y como tal, nacen, se desarrollan y mueren. Tienen momentos de pujanza y otros de cansancio. Una viven más que otras. A veces sus manifestaciones (y la ciencia no tiene por qué ser una de ellas en toda civilización) se ponen en fase, y esa civilización pasa a la historia. Otras veces, uno de los elementos acoplados es la ciencia, y se nutre de las demás manifestaciones, que a su vez alimenta. En los siglos XVI y XVII, por ejemplo, la ciencia sirve de apoyo a la necesidad de poder y conquista, que a su vez favorece a la ciencia con nuevos conocimientos. La ciencia mejora económicamente a una sociedad que al tiempo invierte en ella. La ciencia hace la vida más fácil, lo que da tiempo al hombre para dedicarse más a ella. Y así. Pero también podría haberse dado la evolución de la ciencia de otro modo. Investigar las relaciones entre ciencia y las otras manifestaciones de la sociedad redundará sin lugar a dudas en el mejor conocimiento del hombre por sí mismo.
Textos leídos
- H. F. Cohen, The Scientific Revolution, caps. 4 y 5, The University of Chicago Press, 1994
- T. E. Huff, The Rise of the Modern Science, caps. 4, 5, 6 y 9, Cambridge University Press, 1993
- M. Sellés y C. Solís, Revolución Científica, Madrid: Síntesis (col. Historia Universal, 15), 1994.
21 de mayo de 1999
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