El riesgo de que un asteroide choque con la Tierra es pequeño, pero no es cero. Y, sobre todo, hay una diferencia decisiva entre descubrir uno con años de antelación o verlo cuando ya se dirige hacia nosotros. Por eso la defensa planetaria empieza mucho antes de lanzar una nave contra una roca espacial: primero hay que encontrarla, determinar su órbita y saber con suficiente precisión dónde estará dentro de años o décadas.
Un ejemplo reciente ilustra bien el problema. El asteroide 2024 YR4, de entre unos 40 y 90 metros, llegó a alcanzar en 2025 una probabilidad de impacto con la Tierra del orden del 1-3 % para el 22 de diciembre de 2032. Las nuevas observaciones permitieron descartar posteriormente el choque terrestre. Es precisamente así como funciona la vigilancia de asteroides: una alarma inicial puede desaparecer al mejorar la órbita con nuevas observaciones. De hecho, la lista de riesgos de la Agencia Espacial Europea contiene actualmente unos 2.000 objetos con alguna probabilidad de impacto calculada, aunque en la inmensa mayoría de los casos se trata de probabilidades minúsculas.
Un gran ojo en Javalambre
En este esfuerzo tendrá un papel destacado el Observatorio Astrofísico de Javalambre, en Teruel, donde el Centro de Estudios de Física del Cosmos de Aragón (CEFCA) prepara el telescopio T150. El proyecto está actualmente en proceso de contratación y se prevé que el nuevo instrumento comience sus operaciones científicas en 2029.
El T150 tendrá un espejo primario de 1,5 metros y un campo de visión extraordinariamente amplio. Su misión será rastrear grandes extensiones del cielo con enorme rapidez, hasta el punto de que está diseñado para observar toda la bóveda celeste cada pocos días. Los investigadores calculan que podría detectar unos 7000 asteroides al año, una fracción importante de ellos nuevos para los catálogos.
La palabra «defensa» puede resultar espectacular, pero aquí significa fundamentalmente vigilancia. El telescopio no destruirá asteroides: proporcionará las observaciones necesarias para conocer sus órbitas y determinar si alguno puede constituir una amenaza. También contribuirá al seguimiento de satélites y basura espacial, cuyo peligro para las naves no procede tanto de su tamaño como de su velocidad, que puede alcanzar decenas de miles de kilómetros por hora.
¿Y si descubrimos uno que realmente viene hacia la Tierra?
Ahí entra en juego la segunda parte de la defensa planetaria: desviar el asteroide. La demostración más importante hasta ahora la realizó la NASA con la misión DART, que en septiembre de 2022 estrelló deliberadamente una nave contra Dimorfos, una luna de unos 170 metros del asteroide Dídimos. El impacto redujo en 33 minutos el tiempo que Dimorphos tardaba en completar su órbita. Fue la primera demostración experimental de que la humanidad puede modificar deliberadamente el movimiento de un asteroide.
Europa está dando el siguiente paso. La misión Hera, lanzada en octubre de 2024, llegará al sistema Dídimos-Dimorfos en noviembre de 2026 para estudiar de cerca el cráter producido por DART, medir las propiedades del asteroide y averiguar con precisión cuánto cambió su movimiento. El objetivo es convertir aquel experimento en una técnica de desviación que pueda utilizarse de manera fiable en el futuro.
Estados Unidos prepara además NEO Surveyor, un telescopio espacial infrarrojo cuyo lanzamiento está previsto no antes de septiembre de 2027. Su ventaja será detectar también asteroides oscuros que reflejan poca luz visible y localizar objetos de más de 140 metros, capaces de provocar daños regionales muy graves si impactaran contra nuestro planeta.
La estrategia, por tanto, no consiste en esperar a que llegue el asteroide para destruirlo. Consiste en ganar tiempo. Un telescopio como el T150 puede proporcionar precisamente ese recurso: años de anticipación durante los cuales otras observaciones determinarán el peligro y, si fuera necesario, una misión espacial podría intentar cambiar ligeramente la trayectoria del objeto.

