La NASA está dispuesta a considerar la posibilidad de enviar unos 10 000 diminutos satélites a Saturno para atravesar y estudiar sus anillos. Los llama femtosatélites, pero el nombre puede resultar engañoso. «Femto-» es el prefijo del Sistema Internacional que representa , pero «femtosatélite» no significa un satélite de masa un femtogramo. Es una denominación utilizada para referirse a satélites extremadamente pequeños; en este proyecto, cada uno tendría una masa inferior a unos 100 gramos.
Por otro lado, no es que la NASA haya decidido construir esta misión; ni siquiera ha demostrado que pueda realizarse. Lo que ha hecho es conceder financiación inicial a la idea dentro de su programa NASA Innovative Advanced Concepts (NIAC), destinado precisamente a estudiar conceptos muy arriesgados que podrían transformar las misiones futuras. Los 18 proyectos seleccionados en 2026 reciben en conjunto 3,2 millones de dólares y cada uno dispone de hasta 175 000 dólares para una investigación de nueve meses.
La propuesta de los femtosatélites, dirigida por Michael Rubenstein, de Northwestern University, plantea una estrategia muy diferente de la empleada por sondas como Cassini. En vez de confiarlo todo a una única nave extremadamente sofisticada, se enviaría una nube de unos 10 000 pequeños vehículos (de menos de 100 gramos, como hemos dicho).
La razón tiene que ver precisamente con aquello que hace tan interesantes y peligrosos los anillos de Saturno: están formados por innumerables partículas de hielo y roca que se mueven a gran velocidad. Una nave convencional que quisiera realizar mediciones in situ debe evitar esas partículas; una flotilla de femtosatélites adoptaría, en cambio, una filosofía casi opuesta: aceptaría que muchos resultasen destruidos. La pérdida de una fracción de los vehículos no arruinaría necesariamente la misión, porque los restantes proporcionarían mediciones distribuidas espacialmente. Según la descripción oficial, la constelación permitiría estudiar no solo la composición de los anillos, sino también la atmósfera y el campo magnético de Saturno.
Es una idea atractiva, pero la página de NASA no da mucha más información; apenas describe el concepto a grandes rasgos. Queda por demostrar cómo se fabricarán, lanzarán y desplegarán 10 000 vehículos capaces de sobrevivir el tiempo suficiente, cómo se comunicarán con ellos, cómo se orientarán individualmente y, sobre todo, cómo se conseguirán las velocidades y trayectorias necesarias para introducirlos en la región de los anillos. Que cada vehículo pese menos de 100 gramos no elimina estos problemas; los hace distintos. La investigación financiada por NIAC tiene precisamente la misión de averiguar si el concepto puede superar semejantes obstáculos.
Otro proyecto interesante para el estudio de los anillos de Saturno
Entre los 18 proyectos hay otra propuesta relacionada con Saturno que es igual o más interesante que la anterior. Se llama PRAXIS, del Jet Propulsion Laboratory, y quiere intentar hacer algo que ninguna misión ha conseguido: tomar muestras directamente de las partículas de un anillo planetario.
La nave se aproximaría al anillo, identificaría partículas o regiones de interés y utilizaría un brazo largo y flexible para realizar contactos breves. Después se alejaría y repetiría la operación en otras zonas. La recompensa científica podría ser considerable. La sonda Cassini transformó nuestro conocimiento de los anillos de Saturno, pero todavía quedan preguntas fundamentales sobre su formación, evolución y dinámica. Analizar directamente sus partículas permitiría estudiar estructuras como las ondas de densidad y los llamados self-gravity wakes. Y el concepto no se limita a Saturno: la NASA contempla también su aplicación a los anillos de Urano y Neptuno e incluso a los de pequeños cuerpos como el asteroide Cariclo y el centauro Quirón.
La propuesta más espectacular
De las 18 ideas hay otra que quizá tenga un impacto científico todavía mayor, aunque su realización sea extraordinariamente difícil: «Mapping Alien Continents», de Paul Stankus, pretende llegar a distinguir rasgos superficiales de planetas similares a la Tierra situados alrededor de otras estrellas.
Hoy podemos descubrir exoplanetas y determinar algunas de sus propiedades, pero hacer una imagen de su superficie es otro problema completamente distinto. La propuesta plantea combinar técnicas de interferometría óptica y una nueva arquitectura de nulling interferometry para suprimir la luz de la estrella y conservar la extremadamente débil señal del planeta. Dos sistemas de telescopios estarían separados unos 100 kilómetros para conseguir la resolución necesaria. El objetivo teórico sería detectar contrastes planetarios hasta diez mil millones de veces más débiles que la luz de su estrella.
No significa, por supuesto, que NASA esté a punto de fotografiar continentes extraterrestres. Significa que se va a estudiar si una arquitectura semejante puede funcionar. La diferencia es esencial.

Otros proyectos
Hay otros proyectos igualmente llamativos: nuevas velas solares de más de 10 000 metros cuadrados que podrían proporcionar aceleraciones muy superiores a las actuales y hacer más accesibles los planetas exteriores; un sistema de generación eléctrica basado en radioisótopos que aspira a multiplicar varias veces el rendimiento de los generadores actuales; y un lídar cuántico miniaturizado destinado, entre otras aplicaciones, a medir los vientos de Marte desde el espacio.
Especialmente provocador es DimSun, que estudia la posibilidad de colocar polvo controlado cerca del punto de Lagrange L1 entre el Sol y la Tierra para reducir aproximadamente un 1,16 % la radiación solar recibida. La NASA estima para el concepto un coste preliminar de 134 000 millones de dólares. No es una propuesta para «resolver el cambio climático» mañana, sino un estudio especulativo de geoingeniería espacial cuyos enormes problemas técnicos, económicos, políticos y ambientales apenas están empezando a plantearse.
El interés del programa NIAC está en explorar tecnologías que hoy parecen demasiado arriesgadas para una misión convencional: tomar muestras de anillos planetarios, obtener algún día imágenes de superficies de mundos situados a años luz, fabricar sistemas de propulsión o energía radicalmente distintos, o encontrar formas nuevas de observar el universo. Son semillas, no misiones. Algunas morirán durante los nueve meses de estudio; otras podrían evolucionar durante años y acabar convertidas en tecnologías reales. Precisamente por eso conviene mirar estos anuncios con entusiasmo, pero también con prudencia. La NASA no está diciendo que estas ideas vayan a funcionar; está pagando para averiguarlo.

