Honduras ha puesto en alerta por sequía al 80 % de su territorio ante el agravamiento de las condiciones asociadas al actual episodio de El Niño. La medida afecta a 234 de los 298 municipios del país y llega después de pérdidas de cosechas, descenso de las reservas de agua y muerte de ganado. Tegucigalpa se encuentra entre las zonas declaradas en máxima alerta.
La situación hondureña constituye uno de los primeros ejemplos especialmente visibles de cómo el nuevo episodio de El Niño puede traducirse en una crisis social y alimentaria. Y también permite entender por qué las organizaciones internacionales llevan meses advirtiendo de sus posibles consecuencias.
Un fenómeno nacido en el Pacífico
El Niño comienza con un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial central y oriental. Ese calentamiento modifica la circulación atmosférica y redistribuye las zonas donde se producen lluvias y sequías. No provoca el mismo efecto en todas partes: mientras unas regiones reciben precipitaciones extraordinarias, otras pueden quedar sometidas a una marcada falta de lluvia.
En junio, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) estimaba en un 80 % la probabilidad de que El Niño estuviera presente durante el verano boreal y en torno al 90 % la de que persistiera hasta noviembre. A finales de julio, las previsiones apuntaban ya a un episodio fuerte y en intensificación, que dominaría los patrones climáticos mundiales durante agosto-octubre.
Las previsiones de la OMM señalan precisamente a Centroamérica meridional y parte del Caribe entre las regiones con mayor probabilidad de precipitaciones inferiores a lo normal. Al mismo tiempo, se espera que las temperaturas sean superiores a la media en buena parte de Centroamérica y el Caribe.
Es la combinación particularmente peligrosa: menos lluvia y más calor.
El Corredor Seco, en primera línea
Honduras forma parte del llamado Corredor Seco Centroamericano, una extensa zona que atraviesa también Guatemala, El Salvador y Nicaragua y cuya población rural depende en gran medida de la agricultura. Según la FAO, unos 21 millones de personas viven en las áreas rurales del Corredor Seco y zonas áridas asociadas, con una elevada dependencia de la agricultura y niveles importantes de pobreza. Además, los cambios en los patrones de precipitación ya están alterando la duración y el calendario de las lluvias.
Aquí El Niño puede ser especialmente dañino porque no hace falta que desaparezcan por completo las lluvias. Una canícula más larga o intensa, es decir, el período seco que interrumpe la estación lluviosa, puede coincidir con las fases críticas del cultivo.
La FAO advertía ya en abril de que en el Corredor Seco el riesgo agrícola fundamental era precisamente esa reducción de las precipitaciones entre julio y agosto, cuando cultivos como el maíz, el frijol y el arroz se encuentran en fases decisivas de desarrollo.
El problema, por tanto, se convierte rápidamente en una cadena: menos agua significa menores cosechas; las pérdidas agrícolas reducen los ingresos; los precios pueden aumentar y las familias con menos recursos disponen de menos capacidad para afrontar la siguiente temporada.
El calor añade presión
El episodio actual se desarrolla, además, sobre un planeta que ya presenta temperaturas excepcionalmente elevadas. La OMM advierte de que la combinación de El Niño con océanos globales muy cálidos puede amplificar determinados impactos climáticos.
En Honduras, las consecuencias ya son tangibles. El Gobierno ha informado de pérdidas de cultivos y ganado y prevé que la crisis pueda prolongarse hasta marzo o abril de 2027.
No se trata únicamente de una emergencia meteorológica. El Programa Mundial de Alimentos estima que Centroamérica podría experimentar uno de los mayores incrementos proporcionales de inseguridad alimentaria entre las regiones analizadas, mientras que sus programas de acción anticipatoria ya están proporcionando asistencia y avisos a comunidades del Corredor Seco.
La FAO, por su parte, había puesto en marcha en junio una respuesta de emergencia para proteger a 4.000 hogares vulnerables —unas 20.000 personas— en tres departamentos hondureños del Corredor Seco.
La sequía de Honduras es, así, mucho más que un episodio local. Es una advertencia temprana de lo que puede ocurrir cuando una oscilación climática natural como El Niño actúa sobre sociedades ya expuestas al calentamiento global, la pobreza y la vulnerabilidad alimentaria. Y este El Niño todavía no ha alcanzado, previsiblemente, su máxima intensidad.

