Mientras los grandes ríos europeos alcanzan niveles extraordinariamente bajos y más del 70 % de Inglaterra está oficialmente en sequía, algunos humedales de España viven uno de sus mejores años. ¿Cómo es posible que ocurra todo a la vez? El Niño influye, pero la explicación es bastante más compleja
Hay algo aparentemente contradictorio en el mapa del agua de Europa este verano. En Inglaterra, la sequía ha adquirido una velocidad inusual. El 10 de agosto, el Gobierno británico declaró que el 71,3 % de Inglaterra estaba afectado por una «flash drought» o sequía súbita, provocada por la combinación de precipitaciones excepcionalmente escasas y temperaturas elevadas.
En el continente, la situación tampoco es tranquilizadora. El Rin, el Loira, el Po y el Danubio han alcanzado niveles extraordinariamente bajos. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea señala que la sequía se ha agravado durante julio y agosto y que esos cuatro grandes ríos europeos llegaron en agosto a niveles récord de bajo caudal.
Pero crucemos los Pirineos. En Jaén, la Charca de Pegalajar ha recuperado la vida después de años de sequía. Y en Las Tablas de Daimiel, uno de los humedales españoles que más ha sufrido la falta de agua, este año se ha registrado uno de los mejores balances de reproducción de aves acuáticas, con varios máximos históricos.
No es que España se haya convertido de repente en un país húmedo. Tampoco que el cambio climático haya desaparecido en la frontera francesa. Lo que estamos contemplando es algo mucho más interesante: Europa no tiene un único clima hidrológico y el verano de 2026 está demostrando hasta qué punto es así.
La paradoja empieza en el invierno
Para entender la situación del verano de 2026 hay que retroceder unos meses. España tuvo un invierno extraordinariamente lluvioso. Enero fue especialmente húmedo y las precipitaciones acumuladas en enero y febrero alcanzaron valores excepcionales: en la España peninsular fueron aproximadamente un 71 % superiores a la media de referencia 1991-2020, según los datos difundidos a partir de AEMET. Además, varios temporales atlánticos provocaron inundaciones importantes en España y Portugal a comienzos de año.
Un río no responde únicamente a la lluvia que cae esta semana. Tampoco un acuífero, un humedal o un embalse. El agua tiene memoria. Las precipitaciones invernales pueden infiltrarse en el suelo, recargar acuíferos, alimentar manantiales y llenar embalses. Una primavera y un verano secos pueden ir consumiendo progresivamente esa reserva, pero parten de una situación muy diferente si el invierno anterior fue excepcionalmente húmedo. Es precisamente lo que ha ocurrido en España.
En cambio, una parte considerable de Europa occidental y central ha llegado al verano después de una sucesión de meses secos y episodios de calor. Copernicus ya señalaba en julio que amplias zonas de Europa occidental y central sufrían precipitaciones inferiores a las normales y caudales fluviales entre muy bajos y extremadamente bajos.
El resultado es que dos territorios pueden experimentar exactamente el mismo calor en agosto y, sin embargo, encontrarse en situaciones hidrológicas completamente diferentes. Uno conserva la herencia de un invierno húmedo; el otro ha ido gastando sus reservas.
La lluvia no se reparte como un depósito de agua europeo
Hay otra razón fundamental para esta aparente paradoja: Europa no funciona meteorológicamente como una unidad. Las borrascas atlánticas, los anticiclones, las ondulaciones de la corriente en chorro y las situaciones de bloqueo pueden desplazar las zonas de lluvia cientos o miles de kilómetros. Por eso, mientras una región puede quedar bajo una persistente circulación anticiclónica —aire descendente, cielos despejados, poca lluvia y fuerte evaporación—, otra puede recibir sucesivas entradas húmedas.
Los propios datos de Copernicus muestran esta enorme heterogeneidad. En julio, mientras grandes áreas de Europa occidental y central estaban anormalmente secas, el noreste y el este de Europa presentaban precipitaciones superiores a la media. No existe, por tanto, una contradicción meteorológica en decir que Europa está sufriendo una gran sequía y que simultáneamente determinados lugares están relativamente bien abastecidos de agua. Eso es precisamente lo que está sucediendo.
Más el cambio climático
Ahora bien, no todo se reduce a una anomalía meteorológica pasajera: este año las borrascas han ido por un sitio y el anticiclón por otro, como manifestación de la inhomogeneidad de la climatología europea. Eso no explica por sí solo la intensidad de la anomalía.
El planeta se ha calentado y una atmósfera más cálida tiene una consecuencia fundamental para el agua: puede contener más vapor de agua y, cuando las condiciones lo permiten, extraer más agua de la superficie mediante evaporación y evapotranspiración. Dicho de una manera sencilla: no basta con preguntar cuánto llueve. Hay que preguntar también cuánta agua está perdiendo el territorio hacia la atmósfera. Y ahí el calor de 2026 está desempeñando un papel enorme.
Un análisis reciente citado por Financial Times señala precisamente que el calentamiento global ha multiplicado la capacidad de la atmósfera para secar rápidamente los suelos durante este episodio europeo, aunque no pueda atribuirse directamente al cambio climático toda la anomalía de precipitación.
El cambio climático no significa que cada sequía concreta sea causada por el calentamiento global; significa que estamos cambiando las condiciones de partida. Si una región recibe poca lluvia y, además, soporta temperaturas excepcionalmente altas, la misma cantidad de precipitación insuficiente produce ahora una pérdida de agua mayor que en un clima más frío. Es como si el grifo se cerrara mientras aumentamos el tamaño del desagüe.
El nuevo concepto: «sequía súbita»
El caso británico ilustra muy bien este fenómeno. Inglaterra había recibido suficiente agua como para que a comienzos del año no pareciera encaminada necesariamente hacia una gran sequía. Sin embargo, una sucesión de temperaturas elevadas y precipitaciones extraordinariamente escasas hizo que las condiciones se deterioraran con enorme rapidez. Eso es lo que han denominado flash drought, sequía súbita.
No es simplemente una sequía que dura mucho tiempo. Es una sequía que se intensifica a gran velocidad, porque la combinación de falta de precipitaciones y temperaturas altas dispara la evapotranspiración y consume rápidamente la humedad disponible. El Reino Unido ofrece así una imagen casi paradójica: un país famoso por su lluvia puede pasar en cuestión de meses de una situación hidrológica relativamente cómoda a una crisis de agua. El verano de 2026 ha llevado esa transformación al extremo: julio fue extraordinariamente seco y el Gobierno británico ha llegado a clasificar como sequía el 71,3 % de Inglaterra.
¿Pinta algo El Niño en todo esto?
El fenómeno climático conocido como El Niño puede estar participando. Pero sería un error atribuirle directamente la sequía europea. La Organización Meteorológica Mundial confirmó en junio que había un 80 % de probabilidad de que El Niño inluyera en la climatología durante junio-agosto de 2026, y estimó probabilidades cercanas o superiores al 90 % de que persistiera al menos hasta noviembre.
El Niño es un calentamiento anómalo del Pacífico tropical que altera la circulación atmosférica a escala planetaria. Sus efectos no se limitan al Pacífico: mediante las llamadas teleconexiones, puede modificar la posición y la intensidad de determinadas corrientes atmosféricas y alterar las probabilidades de determinados patrones meteorológicos a miles de kilómetros.
Pero El Niño no funciona como un interruptor que diga «Europa: sequía». Su influencia sobre Europa es mucho menos directa y mucho más dependiente de la estación, la intensidad del episodio y de otros patrones atmosféricos que estén actuando simultáneamente. Por eso, en el caso de 2026 resulta más razonable hablar de El Niño como uno de los ingredientes del cóctel atmosférico, no como el culpable único.
El Met Office británico ya advertía en abril de que estaba desarrollándose un episodio de El Niño y que este fenómeno puede modificar los patrones meteorológicos de muchas regiones del planeta. Pero la situación concreta de Europa depende además de la circulación del Atlántico, la corriente en chorro, los bloqueos anticiclónicos y las condiciones del océano Atlántico y de otras regiones.

