La química que fundamenta a la vida no se ciñe solo a la Tierra. En nubes de gas y polvo situadas entre las estrellas, en asteroides y meteoritos e incluso en otros cuerpos del Sistema Solar se han encontrado numerosas moléculas relacionadas con los procesos químicos que pudieron conducir al origen de la vida.
Pero conviene razonar sobre esta extraordinaria colección de hallazgos. Encontrar una molécula orgánica en el espacio no equivale a encontrar vida. Algunas son simples ingredientes; otras, piezas intermedias de posibles rutas químicas hacia las biomoléculas.
Los astrónomos denominan moléculas orgánicas complejas (MOC) a los compuestos basados en carbono que contienen al menos seis átomos. Dentro de este enorme conjunto existe un grupo mucho más reducido, las moléculas de interés prebiótico, que pueden actuar como componentes, precursores o intermediarios de procesos químicos relacionados con el origen de la vida.

Trabajos como los de la astroquímica española Izaskun Jiménez-Serra, investigadora científica del Centro de Astrobiología del CSIC, señalan que el medio interestelar produce precursores de ribonucleótidos, nucleobases, aminoácidos, azúcares, ácidos carboxílicos, proto-lípidos y proto-proteínas. Su grupo de investigación es uno de los más prolíficos del mundo en el descubrimiento de moléculas orgánicas complejas y, particularmente, de moléculas de interés prebiótico.
Lo que ya hemos encontrado
Si se consideran las muestras que han llegado a la Tierra, el inventario es espectacular. El asteroide Bennu contiene las cinco nucleobases que intervienen en el ADN y el ARN, además de 14 de los 20 aminoácidos utilizados por los seres vivos terrestres. Su «hermano» Ryugu también proporcionó las cinco nucleobases.
La astronomía permite hacer algo diferente: buscar directamente esas moléculas a cientos o miles de años luz, identificándolas por espectroscopía, es decir, por las huellas que dejan en la radiación electromagnética. Cada especie molecular posee un conjunto característico de líneas espectrales, una especie de código de barras químico.
Uno de los lugares más extraordinarios para hacer esta búsqueda es la nube molecular G+0.693-0.027, situada en el centro de la Vía Láctea. En esa nube está centrado el equipo de Jiménez-Serra. Su investigación se centra precisamente en la química de las moléculas prebióticas del medio interestelar.
En sus rastreos de G+0.693, realizados con los radiotelescopios Yebes de 40 metros e IRAM de 30 metros, se han identificado precursores de prácticamente todas las grandes familias químicas relacionadas con la vida. Entre ellos figuran urea e hidroxilamina, relacionadas con los ribonucleótidos; cianometaniminas, precursoras de nucleobases; diversas aminas e iminas relacionadas con aminoácidos; ácido carbónico; etanolamina y propanoles, relacionados con proto-lípidos; y moléculas que pueden intervenir en la química de proteínas.
Y hay un dato especialmente significativo: en julio de 2026 se anunció la primera detección de un azúcar en el medio interestelar. Se trata de la eritrulosa, un azúcar de cuatro carbonos detectado precisamente en G+0.693 por un equipo internacional dirigido por Jiménez-Serra. El hallazgo modifica ligeramente la frontera de lo conocido. Hasta entonces se habían encontrado azúcares en meteoritos y asteroides, pero ningún azúcar había sido observado directamente en el medio interestelar.
Lo que todavía falta
No hemos encontrado todavía en el espacio interestelar las grandes biomoléculas de la vida, como el ARN, el ADN, las proteínas completas o los lípidos de las membranas. Tampoco se han detectado algunos intermediarios fundamentales de las rutas químicas que conducen hacia ellas. Todavía están ausentes el gliceraldehído, la dihidroxiacetona, el 2-aminooxazol, la citosina, la adenina, la glicina o un ribonucleótido, entre otras especies de las rutas prebióticas estudiadas.
Pero hay que distinguir entre «no detectada» y «no existe». Las moléculas grandes son extraordinariamente difíciles de identificar mediante radioastronomía. A medida que aumenta su tamaño, aumenta también el número de estados energéticos posibles y sus señales espectrales se multiplican y se solapan. Llega un momento en que las señales de diferentes moléculas se confunden. Por eso, una molécula puede estar ahí y escapar a la identificación espectral.
El caso de los azúcares lo ilustra muy bien. La eritrulosa acaba de ser descubierta, pero las observaciones ultrasensibles de G+0.693 no han detectado los azúcares de tres carbonos análogos, que siguen siendo candidatos a futuras búsquedas. Y la gran pieza que los especialistas señalan desde hace años como especialmente interesante sigue esperando: la ribosa, el azúcar de cinco carbonos que forma parte del ARN. Encontrar ribosa sería un paso extraordinario porque significaría que otro componente esencial de los ácidos nucleicos puede formarse antes incluso de que nazcan las estrellas y los planetas.
De los ingredientes a la vida hay un abismo
No debe de perderse de vista que estas moléculas son ingredientes de organismos vivos, pero no se ha observado que provengan de organismos existentes en el espacio. El descubrimiento de una colección cada vez mayor de compuestos prebióticos demuestra que la química necesaria para construir sistemas biológicos puede producirse en condiciones interestelares extremas, pero no demuestra que llegue a producirse la vida.
El interés de G+0.693 está precisamente en que muestra hasta dónde puede llegar esa química. En esa nube, sometida a choques, rayos cósmicos y otras fuentes de energía, el espacio interestelar funciona como un gigantesco laboratorio químico. Las investigaciones del equipo de Jiménez Serra han identificado ya más de 170 especies moleculares en sus rastreos de esta nube molecular que se ha convertido en uno de los mejores laboratorios naturales conocidos para investigar cómo se construye la química anterior a la vida.
Ahora, tras la detección de la eritrulosa, la frontera vuelve a desplazarse. El próximo «gran premio» puede ser un azúcar mayor —como la ribosa— o alguna otra molécula que conecte de manera más directa estos ingredientes cósmicos con el ARN. Y entonces la pregunta dejará de ser únicamente qué moléculas puede fabricar el Universo sin vida, para empezar a ser cómo esas moléculas pudieron organizarse, finalmente, en algo que sí estuviera vivo.
Referencias
- Izaskun Jimenez-Serra: Chemistry in the Galactic Center. arXiv:2501.01782 [astro-ph.GA]. https://doi.org/10.48550/arXiv.2501.01782.
- Jiménez-Serra, I., García de la Concepción, J., Cuppen, H.M. et al. Detection of a four-carbon sugar in interstellar space. Nat Astron (2026). https://doi.org/10.1038/s41550-026-02905-7.
- Chemical complexity in the ISM and star formation group.
- Ashley Hamer Pritchard: Which building blocks of life have been found in space, and which haven’t? Boletín Life’s Little Mysteries de Live Science, 12 de agosto de 2026.

