El viento tiene sus corredores, sus cauces invisibles. Ayer me interné en Las Herrizas. El levante desataba a ráfagas su furia. Ya era un rumor lejano, como reflujo de bajamar, que oscilante se alejaba o se acercaba al compás de mis pisadas, conduciéndome a los linderos del alcornocal.

Ya copaba todo el espacio en una creciente que remecía las ramas de acebuches, quejigos y alcornoques, de un lado a otro, entremezclándolas, haciéndolas crujir, agitándolas frenéticas y poniendo a prueba su sujeción a los troncos que parecían reafirmarse con más fuerza sobre el suelo oscilante en el que los vaivenes y sacudidas de la hierba fresca y crecida por las lluvias de marzo y abril desplegaban un simulacro de verde oleaje. El alcornocal a medida que me aproximaba me evocaba la orilla de un mar.

Hubo unos instantes, ya en el interior del bosque, en que se hizo la calma y el viento se oía lejano, como a través de unos gruesos muros. La luz del atardecer, rasante, se filtraba por entre los troncos y las ramas y sembraba de manchas ambarinas el espacio, y ponía un brillo dorado a las hojas nuevas de los quejigos, de un verde transparente y tierno. El polvillo del polen y miríadas de insectos parecían flotar en los rayos de luz. La atmósfera tenía una calidad de fondo marino o de interior de una catedral de muros invisibles, iluminado por la luz que filtran las vidrieras de colores. El viento sonaba lejano, como rumor de oleaje cuando nos separamos de la costa, como si hubiera dirigido su furor por otro de sus corredores invisibles.

El canto de los pájaros, abolido y devorado por el rugido del viento momentos antes, comenzó a sonar tímidamente. Un ruiseñor desplegaba su dulce y compleja melodía oculto en el ramaje; el sonido de las torcaces preludió el vuelo, en caída vertical desde el cielo, de una pareja que se posó, como doble espíritu, sobre las ramas de un árbol seco para luego perderse de nuevo, y el búho real, allí donde otras veces lo he visto sobrevolar, desplegó fugaz sus alas para ocultarse en las copas de su reino aéreo.

Mientras subía, entreví por entre los troncos el cuerpo de un gamo desaparecer fugaz. Ladera arriba volví a encontrarlo, en compañía de otros, distraídos mientras pastaban. Desaparecieron discretamente, sin hacer ruido. Más adelante pude entreverlos brincar, en una carrera sorda, y abrirse paso zigzagueante, de derecha a izquierda, por entre los troncos iluminados por una luz postrera, hasta perderse definitivamente.

Me aproximaba a Puerto Caballero. Las sierras circundantes (El Berrueco, Blanquilla, Ubrique, Grazalema, El Pinar, Fátima) retenían en la distancia la última luz del día. El sol comenzaba a ocultarse tras los montes próximos y teñía el cielo del mismo color ambarino que las copas de los árboles y esparcía manchas sobre el pasto verde en competencia con las sombras estiradas en su máxima tensión de los árboles.

Los árboles comenzaron de nuevo a agitarse con frenesí, el rugido del levante copó de nuevo la amplitud del espacio y a remecer con furia las ramas de los árboles, como si desde dentro, desde el interior de la tierra, una fuerza los sacudiese. El sol se ocultó y dejó dos franjas paralelas, dos líneas tenues de luz naranja, sobre los montes, allá en el cielo de poniente. El levante acreció su arrebato a medida que la luz se apagaba. Descendí por la cresta de La Herriza, desde Puerto Caballero hasta el Puerto de la Palma, casi a impulsos del viento, por uno de sus corredores, de sus cauces ocultos.
Fotos: P. B. G.
Fotos: P. B. G.






















