Tiempo vendrá en que una larga observación nos proporcionará luz [sobre los cometas]. (…) Sólo una vida incluso aunque la dediquemos completamente a los cielos, no es suficiente para la investigación de tan vasto objeto. (…) Algún día llegará un hombre que mostrará en qué región tienen los cometas su órbita, por qué viajan tan lejos de otros cuerpos celestes, cómo de grandes son y de qué tipo. Démonos por satisfechos con lo que hemos encontrado y dejemos a nuestros descendientes que en esto también contribuyan algo a la verdad.
L. A. Séneca (citado en Jer, 13-17)
Leyendo las Progymnasmata me llamó la atención –y confieso que me divirtió– el poco aprecio que muestra Tycho Brahe por la opinión de algunas autoridades, en particular la de Aristóteles; y, por el contrario, me desagradó el tufillo, en la obra del danés, a reverencia a los textos sagrados del credo que profesa, cuyas directrices parece que abraza apriorísticamente a pesar de que afirma su convicción de que el hombre tiene a su alcance herramientas científicas para abordar objetivamente la realidad del mundo. Efectivamente, creo que la invención de su sistema geoheliocéntrico se sustenta en un prejuicio religioso que da por verdadera la palabra divina por más protestas que haga a favor de la capacidad explicativa de las matemáticas y más pruebas dé (en este caso haciendo uso del comportamiento observado de los cometas). Es decir, intuyo, por lo leído, que su sistema está en su cabeza y en su corazón antes, y que con arreglo a ese prejuicio piensa en los cometas y busca en ellos que se adapten a lo que él quiere.
Otros científicos a los que les preocupó en esta época y en anteriores la astronomía en general y la de los cometas en particular adolecieron de un exceso de respeto a las Escrituras (quizá Copérnico, a pesar de ser religioso, muestra más independencia), pero también a las autoridades. A pesar de ello, lo indudable es que fue una pléyade de hombres (Brahe incluido) la que, unida de algún modo en un mismo empeño de la razón humana, contribuyó con su esfuerzo de cientos de noches desveladas a aclarar el enigma de esos fenómenos o cuerpos aparentemente ígneos, escribiendo así una dignísima página en el libro de la Ciencia.
1
LA AUTORIDAD
La falta de respeto a la autoridad de Aristóteles es patente a lo largo de todos los Progymnasmata de Brahe. En el prefacio (Bra, 15), el danés critica que muchos hayan creído en las ideas de Aristóteles sin haber venido justificadas por la experiencia, la observación con buenos instrumentos o la demostración matemática. “La Autoridad de Aristóteles prevaleció sobre la Verdad misma” (Bra, 150); “…la humareda de Aristóteles oscureció durante mucho tiempo la luz intensa de la Verdad” (Bra, 381), deja caer duramente. Tengnagel, en el prefacio, sin duda influido por la opinión del maestro, acusa a Aristóteles de haber “equivocado al mundo durante dos mil años por una invención inepta” “de un absurdo y falsedad enormes” (Bra, 9); “en verdad la opinión de Aristóteles y de todos aquellos que se adhieren a sus vestigios respecto a la generación de la cola es de todo punto estúpida y en absoluto de acuerdo con la Verdad” (Bra, 169).
Aunque Aristóteles es el blanco de muchas invectivas del astrónomo danés, en general parece que éste gusta de atacar el principio de autoridad. De Maestlin (a quien por otra parte elogia a menudo afirmando que está “poseído de un gran amor por esta Divina Ciencia” [la Astronomía] (Bra, 250)) critica que “se conforta una vez más con la Autoridad y el asentimiento de otros” (Bra, 244), refiriéndose a algunos razonamientos del alemán sobre el cometa de 1577. Maestlin, de acuerdo con Brahe, llegó a querer justificar a los clásicos al estar dispuesto a admitir que, después de todo, los cometas que vieron los antiguos en su época sí que podrían constituir, a diferencia de los actuales, exhalaciones de la tierra, a lo que Brahe replica firmemente que ni los cometas antiguos ni los modernos son de tal especie (Bra, 228, 233). Le reprende, por otra parte, que acepte la realidad de los orbes siguiendo a Copérnico (Bra, 241-243).
A Regiomontanus, al que igualmente alaba en más de una ocasión (“hombre por otra parte muy perspicaz”, dice de él), le reprocha el dejarse llevar en cierto modo por las opiniones heredadas: según Tycho, aquél midió una paralaje del cometa del año 1475 de 6 grados, “más persuadido por la Autoridad de Aristóteles” que por observaciones seguras fuera de toda duda (Bra, 228, 233). Sobre la idea de Regiomontanus de los cometas Brahe dice que está más basada en “la Autoridad de Aristóteles que en la propia experiencia” (Bra, 153).
Sospecho que el principio de autoridad funciona así: cuando una persona (o varias, o muchas) ha descollado en determinados campos del saber, sorprendiéndonos y seduciéndonos por la brillantez y fuerza de sus ideas, por la seguridad de sus pruebas experimentales o lógicas, extendemos, ya bajada la guardia del espíritu crítico, la fe en sus dictámenes a todos los terrenos que el sabio haya decida hollar, por más peregrinos que una criba objetiva pueda encontrarlos. Leemos y oímos a menudo de científicos ilustrísimos opiniones pedestres sobre campos bastante ajenos a su dedicación que anotamos y citamos con reverencia.
Desde luego, si lo pensamos comprobaremos que a menudo esas opiniones versan sobre aspectos de la ciencia que no han sido aún establecidos sobre bases firmes. Se aceptan, entonces, porque a falta de demostraciones se presume que el que tuvo razón una o muchas veces la tendrá siempre, y en particular confiamos en que su intuición sobre la naturaleza de los caminos aún no recorridos esté autorizada por su trayectoria previa. En realidad, es que no podemos discutir opiniones que están lejos de poder ser comprobadas, y por lo tanto la opinión de una autoridad nos ofrece un sistema al que agarrarnos. Porque el ser humano parece que busca seguridades firmes, y mientras no tenga elementos para juzgar las ofrecidas por una autoridad, las acoge como a clavo ardiente. Algunas opiniones autorizadas quizá perduren porque en el fondo no afectan demasiado al discurrir de nuestra existencia.
Es sorprendente la capacidad seductora de las autoridades. Sus textos abusan del verbo ser en presente, estipulativo, descriptivo, categorizante: “los cometas son…”, “las estrellas fugaces son…”; en vez del poder ser o del parecer ser. Y si la autoridad lo dice, así será: “En relación con lo que afecta a este mundo hay que considerar como causa material de las cosas que suceden al fuego, la tierra y elementos del mismo género […] Afirmamos que fuego, aire agua y tierra se generan unos de otros y que cada uno de ellos está en potencia en cada uno” dice Aristóteles (Ari, 35). ¿Por qué no íbamos a dejar durante dos mil años de creer en eso si no había nada mejor? En mi opinión tendríamos que haberlo hecho escamados precisamente por la forma tan inapelable, definitiva, terminante, de manifestar esas supuestas verdades.
Paralelamente, resulta sorprendente cómo no se admiten como autorizadas las opiniones de otros autores cuyos textos destilan, por lo menos, sensatez (objetivable hoy como hace mil años). Así, Séneca (que, además, barrunta una idea más certera sobre los cometas que la de Aristóteles) se expresa sabiamente disponiéndose a admitir cualquier posibilidad para ellos, rompa o no la prejuzgada armonía de los cielos. En sus Cuestiones Naturales considera que tienen naturaleza parecida a la de los planetas, con sus propias órbitas, más o menos grandes, razonando que el hecho de que no se parezcan a otros cuerpos celestes no significa que no lo sean: “¿No está el universo compuesto de contrastes? […]. La naturaleza está llena de contrastes y se enorgullece de su variedad […]. Ella no muestra cometas a menudo. Les ha asignado diferentes lugares, periodos y movimientos distintos a otros cuerpos celestes […]. No están constreñidos a un lugar estrecho, sino que cubren libremente la región de muchos cuerpos celestes”. Séneca considera que los cometas son cuerpos celestes de un tipo especial y que sólo son visibles para nosotros en las porciones más bajas de sus órbitas (Jer, 15-16, 126-127).
Según José Luis Calvo, Los Meteorológicos “es la obra en la que Aristóteles utiliza más que en ninguna otra el lenguaje del científico experimental: frases como ‘incluso nosotros lo hemos observado’; ‘todos los [cometas] que han sido vistos en nuestra época’; […] ‘ello es manifiesto hasta el punto de verlo con los ojos […], etc., no son habituales en otros tratados de parecida temática (Ari, 11)). A pesar de ello, Aristóteles especula demasiado en su libro. La lógica que emplea para explicar muchos fenómenos físicos es roma y objetivamente vulnerable, pero ahí campea, durante dos mil años, sin que se ose ponerla en cuarentena.
El mismo Aristóteles respeta el principio de autoridad, de modo que muchas de sus explicaciones sobre fenómenos supuesta o seguramente meteorológicos ya se encuentran en Anaxímenes, Anaximandro, Anaxágoras, Empédocles o Diógenes de Apolonio, a los que cita, y “también se halla en algunos presocráticos el principio etiológico mismo de la mayoría de los fenómenos, la exhalación, aunque el término en sí puede haber sido acuñado por Aristóteles” (Ari, 12). Parece que ni siquiera tuvo que duplicar la exhalación, que ya aparecía así como doble en Jenófanes entre otros.
En la época de Copérnico, según Mínguez y Testal, la autoridad de Aristóteles en física se mantenía bastante incólume (Cop, 57). En las centurias anteriores ya se había ratificado mucha de esta autoridad (así, Tomás de Aquino había escrito un comentario sobre Los meteorológicos que estará de acuerdo con el griego en la explicación de los cometas (Jer, 24)). Aristóteles era atacado por distintos flancos y se intuía la caída inminente de parte de su sistema físico. Pero, ¿qué parte? Lógicamente, como no podía ser de otra manera, aquélla susceptible en aquel momento de ser estudiada, analizada, refutada con razonamientos e instrumentos científicos y matemáticos. La que no, seguiría descansando en los brazos de la Autoridad.
Ptolomeo acepta las ideas de Aristóteles sobre los cometas (Jer, 19), y Copérnico también, quizá porque en sus épocas estos cuerpos celestes estaban aún demasiado lejos o porque para ellos estaban demasiado cerca de latierra, por lo que no tenían influencia en el sistema planetario que querían establecer. A otros coetáneos de fuste del polaco tampoco se les ocurrió (o tuvieron fuerzas para) enfrentarse a su enigma, trabajo que sí decidió emprender con todas sus fuerzas Brahe, según declara en las Progymnasmata. Buenos astrónomos como Rothmann, ya casi a finales del siglo XVI (aunque éste asegura que su opinión difiere de la de los aristotélicos) siguen creyendo en los cometas como exhalaciones de origen terrestre elevadas y purificadas que Dios condensa en el cielo de pronto, emitiendo vapores disipados por rayos estelares (Ler, 62, 64).
LOS PREJUICIOS
Los prejuicios constituyen en cierto modo otro nivel de autoridad, y en el estudio de los cometas abundan.
A la hora de explicar la naturaleza cometaria algunos autores aplicaron a éstos de forma analógica algunos principios elementales deducidos de fenómenos simples. Así, la hipótesis de la doble exhalación de los fenómenos elementales pudo venir sugerida por la constatación de que la combustión de ciertas sustancias proporciona humos que se nos antojan secos, mientras que de los humos de emanan de un líquido en ebullición cualquiera tiene la sensación de que son húmedos y vaporosos. Para José Luis Calvo es la calima mediterránea uno de los elementos que induce a Aristóteles (o a sus autoridades) a admitir la existencia en la atmósfera de una “evaporación seca e ígnea” (Ari, 12). Dice el filósofo griego: “El origen tanto de éstos [fenómenos] como de otros muchos es el siguiente. Cuando el sol calienta la tierra se produce necesariamente una exhalación, mas no simple como creen algunos, sino doble: una más en forma de vapor y otra más en forma de aire; una como vapor de lo húmedo que hay en y sobre la tierra, y la otra en forma de humo, dado que la propia tierra es seca” (Ari, 40).
Explicando lo que es un cometa, Aristóteles establece analogías basadas en fenómenos simples; así, comenta que de la misma manera que cuando se prende fuego a un buen montón de paja se extiende rápidamente en longitud debido a la buena naturaleza del combustible, un cometa es lo mismo pero el fuego permanece y “allí donde el combustible es más concentrado, el comienzo del movimiento constituiría el final del recorrido” (Ari, 47). Aporta una “prueba” a favor de que la naturaleza del cometa es ígnea: cuando hay cometas, según dice haber observado, se producen vientos y sequías (Ari, 48) (también dice saber de buena tinta que una piedra la levantó el viento y la dejó caer, y por otro lado explica abusando del verbo ser en detrimento del poder ser por qué los cometas no suceden con frecuencia (Ari, 49)).
Relacionados con éstos, abundan los apriorismos consistentes en aplicar las mismas leyes físicas a las que estamos sometidos nosotros, tal como las concebimos, a todos los cuerpos. Así, para Aristóteles son necesarias esferas rígidas que conduzcan a los planetas en su camino. (Al contrario, hay que admitir una gran libertad de espíritu en otros autores; para Platón, por ejemplo, dichas esferas no son imprescindibles (Ler, 6).) Dándole la vuelta, hay apriorismos como el de Belarmino al no creer en las esferas rígidas alegando sólo razones a priori (Ler, 19)
Otros prejuicios nacen de la necesidad humana de tener una referencia absoluta. Para Aristóteles los cielos deben ser perfectos, razón por la cual los cometas, imperfectos por temporales y cambiantes, no pueden pertenecer a los cielos, perfectos por prejuicio. Aún en el siglo XVI se admite esta opinión, materializada en que en el cielo no puede aparecer o desaparecer nada nuevo, lo que implica que los astros no pueden experimentar cambios (Ler, 24).
Otro apriorismo relacionado consiste en la necesidad de encontrar modelos geométricos (matemáticos, en general) para fenómenos físicos –repárese en la etimología de “geometría”–. Copérnico comienza su De Revolutionibus afirmando tajantemente que el mundo es esférico
sea porque [la esfera] es la forma más perfecta de todas […], sea porque es la más capaz de todas las figuras, la que más conviene para comprender todas las cosas y conservarlas, sea también porque las demás partes separadas del mundo (me refiero al Sol, a la Luna y las estrellas) aparecen con tal forma, sea porque con esta forma todas las cosas tienden a perfeccionarse, como aparece en las gotas de agua y en los demás cuerpos líquidos, ya que tienden a limitarse por sí mismos, para que nadie ponga en duda la atribución de tal forma a los cuerpos divinos (Cop, 99)
y al principio del capítulo IV asegura que
el movimiento de los cuerpos celestes es circular. Pues la movilidad de la esfera es girar en un círculo, expresando mediante el mismo acto su forma, en un cuerpo simplicísimo, donde no se puede encontrar ni principio ni fin […], mientras [la esfera] pasa hacia los mismos puntos volviendo hacia los mismos” (Cop., 102).
Otro tipo de prejuicio es simplemente una forma de intolerancia gratuita. Es el que Copérnico critica en esos autores que consideran “que la tierra descansa en medio del mundo, de manera que juzgan esto como inopinable y hasta ridículo pensar lo contrario” (Cop, 104). A veces estamos tan anclados en nuestra idea o prejuicio que malentendemos a los demás en nuestro favor: Brahe y Maestlin siempre opinaron que Albumasar creía que los cometas eran cuerpos celestes, cuando en realidad opinaba que eran de origen atmosférico (Jer, 24).
Y, anecdóticamente, ahí está también el prejuicio “peregrino”: citemos el de Sinesio de Cirene (aprox. 370-430), que opinaba que todo lo provisto de cabellera era diabólico, y por tanto lo eran los cometas (Jer, 27).
EL PREJUICIO RELIGIOSO
He dejado para el final el tipo de prejuicio más ¿inquietante?: el religioso. En la investigación de los cometas encontramos a menudo apriorismos religiosos, y muy en particular en Brahe. El astrónomo danés rechaza la innovación copernicana “por sus absurdos físicos y por sus consecuencias teológicas” (Ler, 51). Siempre sus convicciones religiosas subyacen a sus fuertes convicciones matemáticas, y a las primeras las pone como árbitros de las segundas: “Debe dejarse fuera de dudas a los Astrónomos y las Opiniones recibidas de los Físicos, testificando lo mismo los Textos Sagrados, que la tierra que habitamos ocupa el centro del universo y no está sometida a ningún movimiento anual como ha querido Copérnico” (Bra, 174).
Por supuesto no sólo Brahe está poseído por sus prejuicios religiosos; repasemos un pequeño popurrí: Belarmino, que acepta la fluidez y corruptibilidad de los cielos porque las Escrituras lo dicen y que se apoya en las mismas para afirmar que el cielo no está compuesto de múltiples esferas, cree que la Biblia contiene teorías de orden físico (Ler, 18,19, 65); Marsilio Ficino había avanzado argumentos “teológicos” contra la presencia de esferas impenetrables en el cielo (Ler, 65); Francisco Vallès admitió que la nova de 1572 estuviera entre las estrellas fijas, pero negó que fuera nueva alegando que Dios había acabado la creación el sexto día –aportando después argumentos científicos como el de que una posible inhomogeneidad de la densidad de los orbes podría cambiar la forma aparente de las estrellas– (Ler, 33, 34); Peucer ve en las Escrituras una “confirmación” de las tesis ticónicas de los cielos líquidos (lo que anima a Brahe a rebuscar más en las Escrituras y encuentra en Isaías y Job nuevos apoyos a su teoría (Ler, 64). Los argumentos religiosos son definitivos en casos como el de Santo Tomás, que explica cómo el poder de Dios pudo permitir a Cristo atravesar las esferas para llegar a la tierra (Ler, 10).
Volvamos con Brahe. El danés claramente se pone a las órdenes de la religión, pero pienso que no tanto a la externa, la oficial, como a sus propias convicciones (derivadas, eso sí, del credo oficial al que se acoge). Es decir, en mi opinión Brahe no es que quiera, por razones prácticas, ajustar sus teorías de modo que sean aceptadas por aquellas instancias (las eclesiásticas, claro) que tienen mucho poder en la época y a las que por tanto conviene arrimarse; sino que alberga una convicción personal, sincera, en que las Escrituras dicen la “Verdad”, y entre otras “verdades” que la tierra está fija. Entonces trata por todos los medios de encontrar un sistema que no conculque esta fe básica, y empleando razonamientos matemáticos llega a una hipótesis atractiva por lo novedosa, distinta –eso es importante para algunas personalidades científicas: decir algo diferente a lo que han dicho otros– y al mismo tiempo algo mimética de esa otra hipótesis tan atractiva como es la de Copérnico, a quien en el fondo admira. El hecho de que la propuesta de Brahe sea matemáticamente aceptable (parece que lo es tanto como la de Copérnico) y de que él lo puede comprobar haciendo predicciones, le da al danés la seguridad que busca. Lo expuesto es una deducción surgida de las lecturas que he hecho, pero reconozco que hasta ahora no he encontrado ninguna declaración de Brahe que confirme claramente mi hipótesis, como no sean frases como: “Pues no es de razón que lo que se ofrece a los sentidos y puede ser demostrado Geométricamente necesite ser aprobado por la Autoridad de los otros, sino mejor adaptar la fe a la experiencia misma, a las Matemáticas y a la Verdad” (Bra, 155; las cursivas son mías). Esto no quita que también temiera la reprobación eclesiástica; así, cuando opina que las ideas de Ptolomeo y Copérnico incluyen “absurdos no ligeros”, indica que “decidí reflexionar de otro modo, o si alguna razón de Hipótesis podía encontrarse que, por un lado Matemáticamente, y por otro Físicamente, estableciera todo correctamente, de tal suerte que incluso no escapara a las censuras Teológicas y satisficiera al mismo tiempo las cosas Celestes” (Bra, 187; las cursivas son mías).
Brahe es un trabajador serio, un científico notable. Examina lo que dicen otros, pero suele incluir el elemento controlador de su fe religiosa por encima de los razonamientos científicos. Así, en la introducción del capítulo VIII de las Progymnasmata (Bra, 173) dice que ha analizado las hipótesis de Ptolomeo y de Copérnico, y ha observado en la primera un exceso se epiciclos y maneras poco adecuadas de tratar el movimiento de los planetas en tanto que admitían que podía considerarse sin inconvenientes la uniformidad del movimiento circular (“hipótesis que pecaban contra los primeros principios del Arte”), y considera también las ideas de Copérnico, ya avanzadas precozmente al menos por Aristarco de Samos, que él estima que se oponen a principios físicos “y sobre todo a los Autores de los textos Sagrados que confirman la fijeza de la Tierra” (Bra, 187).
2
UNA TAREA DE MUCHOS
Hasta ahora hemos hablado casi sólo de Aristóteles, Copérnico y Brahe, pero quisiera defender con argumentos la idea de que cualquier revolución científica la preparan muchos, la protagonizan muchos y les sirve a muchos (esto último es obvio, los dos primeros asertos quizá no tanto). Pienso que ningún hombre puede presumir de ideas geniales y revolucionarias absolutamente propias, y que los que a la postre destacan sólo constituyen la cúspide de una pirámide, que sin el resto de la misma no se sostendrían. Es una sociedad y un tiempo los que producen una revolución, que se me antoja como consistente en varias precipitaciones súbitas de ideas, de la misma manera como lo hace una disolución saturada cuando se introduce en ella un germen del cristal, valga el símil. Pero es condición sine qua non que exista esa disolución saturada previamente. Quiero decir que el hecho de la observación de la nova de 1572 por sí solo no destruyó el sistema aristotélico; al fin y al cabo Hiparco parece que observó otra supernova y no ocurrió una revolución astronómica (digamos que la disolución estaba diluida) (Ler, 25, 29). La sociedad del siglo XVI estaba madura para lo que lo estaba y cualquier acontecimiento astronómico (una conjunción espectacular, un eclipse sin igual…) habrían sido tomados al vuelo por los espíritus preparados para el cambio. Y había una legión de esos espíritus.
A Brahe se le reconoce haber dado un golpe mortal de necesidad a las esferas sólidas. Pero antes Patrizi, siguiendo a Platón, aceptaba que las esferas no fueran rígidas (Ler, 10), Ziegler habla de esferas líquidas, siguiendo a Plinio (Ler, 11); Pena opina en sentido parecido, basándose además en Cicerón (y apelando también a la “prueba de los cometas” (Ler, 14, 15); y Tyard, y Belarmino… (Ler, 13,18). Incluso Copérnico, a quien desde luego no se le debe la destrucción de los orbes, aportó con su sistema ideas fundamentales para acabar con el concepto clásico de cielo y favorecer la labor de Kepler, según Lerner (pág. 73).
Ideas interesantes sobre la nova de 1572 antes que Brahe o al mismo tiempo que él las tuvieron muchos; el fenómeno dio origen a una abundante literatura (Ler, 22), y en las Progymnasmata Brahe reconoce que nueve autores han defendido, como él, que la nova es un objeto que hay que situar con las estrellas fijas, y habla de dos decenas más que han dado otras opiniones (Ler, 26, 29, 30). Brahe reconocerá también que sus afirmaciones de 1573 sobre la nova no son el fruto de una observación personal, sino “vulgo recepta opinio” (Ler, 26).
Sistemas del mundo hay bastantes, pero los de Aristarco de Samos y Martianus Capella se parecen mucho, respectivamente, a los de Copérnico y Brahe, y éstos lo sabían (si bien Kepler, en su Apología pro Tychone resta importancia a la aportación de Capella (Kep, 198). Otros latinos pensaron también que Venus y Mercurio giran alrededor del Sol y hay más sistemas de este tipo en el último cuarto del siglo XVI (Ler, 49, 51; Bra, 174; Cop, 116).
Sobre los cometas, Girolamo Cardano, observando el de 1532, ya estaba convencido de su posición supralunar, contestando así abiertamente a Aristóteles (lo basaba en el hecho de que el cometa se movía más lento que la luna, por lo que en su opinión debía estar más lejos, aplicando una idea aristotélica de que la distancia es proporcional al periodo). También argumentaba que los vapores de la tierra no podían llegar tan alto ni quemarse durante tanto tiempo como para que fueran la explicación de los cometas. Y señaló en De subtilitate que todo sería fácil de comprobar midiendo la paralaje (Jer, 122).
Después de 1577 muchos astrónomos, además de Brahe, se dedicaron a estudiar los cometas como objetos planetarios especiales y a estudiar sus órbitas (Jer, 125). Entre otros, Maestlin hizo estudios muy serios sobre este cometa, calculando su órbita. Usando simplemente un hilo llegó a la conclusión de que la nova y el cometa eran objetos celestes por su falta de paralaje. Sus observaciones trató de casarlas con el sistema ptolemaico, y al no poder, recurrió al copernicano, aunque de forma no muy convencida, por ser la única vía para explicar el comportamiento del cometa (Jer, 125).
Las aportaciones de los demás son fundamentales, incluso estando equivocados. Por ejemplo, Jerónimo Muñoz propuso que la nova estaba entre las fijas, pero que era un cometa. Lo importante es que concibió la nova como un proceso “natural” y según Lerner, Muñoz fue de los que más allá llegó en su época a poner en cuestión las teorías aristotélicas (Lerner, 34, 35, 38).
Tanto Copérnico como Brahe declaran que empezaron sus estudios sorprendidos por la gran diversidad de opiniones de los filósofos. Copérnico, concretamente, explica que se ha atrevido a imaginar que la tierra se mueve, “contra la opinión recibida de los matemáticos e incluso del sentido común”, tras animarse a estudiar el asunto movido por la falta de acuerdo de sus predecesores a la hora de abordar estos problemas (Cop, 92). Leyó, pues, a todos los filósofos que habían tratado el tema, y descubrió en Cicerón que Niceto de Siracusa fue el primero en opinar que la tierra se movía, y en Plutarco vio que otros pensaban igual (Cop, 93). Inspirado por ellos, según reconoce, empezó a pensar en la posibilidad de que la tierra se moviera, a ver si con esa hipótesis podía llegar a demostraciones más firmes sobre los cielos (Cop, 94). Admite pues, claramente, la contribución de otros científicos y confiesa que él puede estudiar estos temas con más detalle a causa del intervalo más amplio entre él y los autores anteriores, en los que cree que debe apoyarse (Cop, 9)
En cuanto a Brahe, al principio del capítulo 6 de las Progymnasmata (Bra, 98 y ss.), dice que quiere demostrar lo que durante tantos siglos ha sido juzgado de forma muy variada por casi todos los filósofos pero ninguno ha probado: si es posible que los cometas sean engendrados en la región etérea del mundo, en el interior de los orbes celestes, o si se forman, como creen los peripatéticos, en la más alta región del aire. Brahe considera que para hacer este estudio no valen “los observadores vulgares de los astros provistos de sus instrumentos infantiles y groseros”, atribuyendo a ello que haya un desacuerdo tan grande entre los filósofos y no sorprendiéndose de que algunos hayan encontrado una paralaje sensible en la estrella nueva en esas condiciones.
Ambos, Copérnico y Brahe, creen que han elaborado la teoría definitiva, sin imaginar que en realidad sólo aportan nuevos modelos también erróneos y que serán superados. Caen en el mismo error que critican.
En resumen, hacen falta muchas cabezas y manos para hacer bien un trabajo de este tipo. Dice Lerner que hay muchos componentes a favor de una teoría y comenta que para destruir la de los cielos sólidos hizo falta “una convergencia de argumentos cinemáticos, ópticos y físicos, pero también de orden escritural y filosófico, de los cuales algunos habían sido formulados antes de forma independiente, y que combinando por así decirlo su eficacia en el último cuarto del siglo XVI permitieron a un Brahe, un Rothmann o un Kepler explicar esta teoría definitivamente” (Ler, 66).
3
EL BUEN HACER CIENTÍFICO
Lo dicho hasta aquí sobre prejuicios y sometimiento a autoridades no quita un ápice de reconocimiento y admiración por el trabajo de todos estos autores y su hacer científico, en el más puro estilo del investigador firme y tozudo que invierte su vida en dar respuestas a preguntas, a veces con grandes medios, como Brahe, y otras con los que dispone, como un simple hilo en el caso de Maestlin.
La mayoría de los autores hizo un gran despliegue de razonamientos. Así, Brahe localiza la nova en las esfera supraceleste usando argumentos científicos (capítulo 6 de las Progymnasmata) (Ler, 27). Según declara, en el cometa de 1577 encuentra una oportunidad excelente para satisfacer la necesidad de encontrar una certeza infalible sobre la naturaleza de estos cuerpos celestes, y quieren hacerlo con observaciones minuciosas, demostraciones y cálculos aritméticos (Bra, 15). Da mucha importancia a la instrumentación, a la que dedica una páginas en las Progymnasmata, al mismo estilo que hoy observamos en cualquier artículo de investigación. Y continuamente hace referencia a “…la certidumbre invencible de la Geometría y de la Aritmética” (Bra, 152).
Lee a otros autores cuidadosamente, y reflexiona sobre lo que dicen, tanto si están a favor como en contra de sus hipótesis. Cuando se refiere por ejemplo a la posición de la cola comenta que Pedro Apiano había visto en cinco cometas entre 1531 y 1539 una relación entre la cola y el sol (Bra, 154), y que Gemma de la Frise había observado ocho cometas desde 1532 y todos ellos tenían la cola contra el sol, y lo mismo su hijo Cornelio Gemma en el cometa de 1556, y Girolamo Fracastor, y Cardano (este último afirma que la cola es “una cierta penetración de la claridad del sol pasando a través de la luz de la cabeza del cometa”, para comprobar lo cual hizo experimentos con candelas expuestas al sol. (Bra, 154). Brahe observa que la cola no siempre está exactamente contra el sol (Bra, 155) Por eso se decide a examinar “geométricamente la conducta de la cola a o largo de toda la duración del cometa” (Bra, 156). Llega a la conclusión de que la cola se opone a Venus (Bra, 157 y ss., 172)
Para hacer demostraciones no se conforma con un procedimiento, sino que recurre a varios. De este modo, demuestra por diversos métodos, que él juzga “infalibles” que el cometa no está en la región elemental, sino “mucho más lejos de la esfera de la Luna, en el éter mismo”, “contra lo que los Peripatéticos, apoyándose en la autoridad de ese Estagirita, se esforzaron en persuadirnos mediante sus argumentaciones sutiles, no basadas, sin embargo, en experiencias o Demostración seguras” (Bra, 99). Para calcular paralajes igualmente usa distintos métodos, valorando especialmente el de Regiomontanus, que evita al máximo los problemas de refracción y minimiza los errores instrumentales. Comparó sus medidas con las de otros, por ejemplo las hechas con sus instrumentos, en Hven, con los de Hajek en Praga (Jer, 124).
Brahe afirma ideas que aunque estén en otros no dejan de cobrar una gran fuerza en él y admirarse como muy osadas. Cree que los astros llevan en sí mismos una ciencia de su movimiento regular, perfecto, constante, sin necesidad de ser sostenidos por ningún orbe, ciencia que les es natural e innata, infundida por Dios al comienzo y que conservan eternamente (Ler, 52, 58). Hay que tener en cuenta que no aporta pruebas, pero su convicción es firme. Aparte del recurso a Dios, admitir que los planetas “flotan” sin ninguna guía me parece una idea revolucionaria, y pertenezca o no a Brahe, el hecho de asumirla me parece encomiable, propia de un espíritu abierto y potente.
En cuanto a Copérnico, él cree también profundamente en las matemáticas, y dice que “si por casualidad hay charlatanes que, aun siendo ignorantes de todas las matemáticas, presumen de un juicio sobre ellas por algún pasaje de las Escrituras, malignamente distorsionado de su sentido, se atrevieran a rechazar y atacar esta estructuración mía, no hago en absoluto caso de ellos, hasta el punto de que consideraré su juicio como temerario” (Cop, 95). Además considera que las matemáticas pueden aportar mucho bien a la república eclesiástica, por ejemplo para fijar el calendario (Cop, 95). Considera que la Astronomía es la consumación de las matemáticas, la cabeza de las demás artes nobles, la más digna del hombre libre, que se apoya en casi todas las ramas de las matemáticas (Cop, 97).
Copérnico tiene claro que sus teorías van contra la opinión de la mayoría, pero “al avanzar con la ayuda de Dios lo haremos más claro que el mismo Sol, sobre todo para los que no ignoran el arte de las matemáticas” (Cop, 117). La ciencia le otorga seguridad: el polaco sabía el “desprecio que yo debía temer a causa de la novedad y absurdo de mi opinión”, pero confía en que “verán levantada la niebla del absurdo por las clarísimas demostraciones” (Cop, 92)
OBRAS CONSULTADAS
- [Ari] Aristóteles: Los Meteorológicos (ed.: José Luis Calvo Martínez); Madrid: Alianza, 1996
- [Bra] Tycho Brahe: Sur des phénomènes plus récents du monde éthéré. Livre second [Des Progymnasmata]; Paris: A. Blanchard, 1984
- [Cop] Nicolás Copérnico: Sobre las revoluciones de los orbes celestes (ed.: Carlos Mínguez y Mercedes Testal); Madrid: Editora Nacional, 1982
- [Jer] Jane L. Jervis: Cometary Theory in Fifteenth-Century Europe; Dordrecht: Reidel, 1985
- [Kep] Johannes Kepler: A defense of Tycho against Ursus (ed.: N. Jardine); Cambridge: Cambridge University Press, 1984
- [Ler] Michel-P. Lerner: Le monde des sphères (vol. II: La fin du cosmos classique); Paris: Les Belles Lettres, 1997
18-2-2000

