Una «guerra civil» sin precedentes entre chimpancés de Uganda intriga a los científicos

El estudio de este conflicto podría ofrecer pistas sobre los orígenes de la guerra humana y cómo evitarla

Al azar

Durante décadas, los primatólogos han observado que los chimpancés son capaces de cooperar, compartir alimentos, formar alianzas e incluso mostrar comportamientos que recuerdan a la amistad humana. Sin embargo, un estudio realizado en el Parque Nacional de Kibale, en Uganda, ha revelado también su rostro más oscuro: la guerra organizada.

Los protagonistas pertenecen a la comunidad de Ngogo, la mayor población de chimpancés salvajes estudiada hasta la fecha. Desde mediados de la década de 1990, un equipo internacional ha seguido casi a diario la vida de estos animales, acumulando una de las bases de datos más completas sobre el comportamiento de nuestros parientes evolutivos más cercanos.

Lo sorprendente ocurrió alrededor de 2015. Sin que existiera una causa evidente, aquella enorme comunidad comenzó a fragmentarse. Los lazos sociales entre algunos machos se debilitaron, aparecieron dos grandes facciones y, pocos años después, la separación se hizo permanente. Lo que había sido un único grupo terminó convertido en dos comunidades rivales.

A partir de entonces comenzó una auténtica guerra. El grupo occidental inició incursiones coordinadas en el territorio del grupo central. Las patrullas buscaban individuos aislados y, cuando encontraban una víctima, varios machos la atacaban simultáneamente. Los enfrentamientos provocaron la muerte de numerosos chimpancés, incluidos adultos y crías, en el conflicto más letal jamás registrado entre miembros de una misma comunidad.

No se sabe la causa

Lo más desconcertante es que nadie sabe con certeza por qué empezó. En conflictos anteriores entre chimpancés, los enfrentamientos solían producirse entre comunidades distintas que competían por territorio o recursos. En este caso, los enemigos habían convivido durante años, cazado juntos e incluso mantenido estrechas alianzas sociales.

Los investigadores manejan varias hipótesis. Una posibilidad es que la extraordinaria dimensión del grupo original hiciera cada vez más difícil mantener la cohesión social. Otra apunta a la muerte de varios machos adultos especialmente influyentes, que podrían haber actuado como «puentes» entre diferentes subgrupos. Al desaparecer esos individuos, las tensiones latentes habrían acabado cristalizando en una división irreversible. Sin embargo, ninguna explicación ha podido demostrarse de forma concluyente.

Un ejemplo para nosostros

Este hallazgo resulta especialmente relevante porque los chimpancés son nuestros parientes vivos más próximos, con quienes compartimos cerca del 99 % del ADN. Aunque sería un error considerar que su comportamiento explica directamente el humano, sí ofrece una ventana excepcional para comprender cómo pueden surgir los conflictos colectivos en especies altamente sociales.

El estudio también pone de relieve que la guerra no requiere necesariamente diferencias culturales, religiosas o ideológicas, características propias de las sociedades humanas. Basta con que cambien las relaciones sociales dentro de un grupo para que antiguos aliados pasen a convertirse en enemigos. En los chimpancés, las alianzas entre machos desempeñan un papel fundamental en la estabilidad de la comunidad, y cuando esas alianzas se rompen pueden desencadenarse episodios de violencia extrema.

Paradójicamente, la investigación ofrece también un mensaje esperanzador. Si la guerra surge en parte de la ruptura de los vínculos sociales, fortalecer esos vínculos podría contribuir a prevenir los conflictos. Los científicos insisten en que comprender los mecanismos que mantienen unida una comunidad puede ser tan importante como estudiar las causas de su desintegración.

Después de más de treinta años de observación, los chimpancés de Ngogo siguen proporcionando pistas sobre nuestra propia evolución. Su historia recuerda que la cooperación y la violencia forman parte del repertorio de una misma especie y que la frontera entre ambas puede ser mucho más frágil de lo que imaginamos. Quizá por eso este dramático episodio constituye mucho más que una curiosidad zoológica: es un espejo en el que también los seres humanos podemos contemplar algunos de los mecanismos que favorecen —o amenazan— la convivencia.


Fuente: Universidad de Texas.

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