El monte Abantos es una montaña de la sierra de Guadarrama, en el Sistema Central de España, dentro de la provincia de Madrid principalmente. Su pico más alto está a 1753 m sobre el nivel del mar. Su ladera oeste se interna en la provincia de Ávila, y en la bajada se encuentra el pequeño pueblo de Peguerinos, con su embalse. Hay unos 12 km entre el pico y el pueblo, unas 3 horas a buen paso. Al nordeste de este camino se encuentra el Mirador de Cuelgamuros.

Las fotografías fueron tomadas en dos días consecutivos. Las del bosque nublado corresponden a Abantos (2 de marzo de 2024); las de nieve, a alrededores de Peguerinos (3 de marzo).




Estos montes de Peguerinos fueron protagonistas de tristes episodios históricos relacionados con las guerras civiles españolas, incluidas las carlistas. En la del 1936-39 por aquella zona se estabilizó un frente durante algún tiempo. Aún quedan vestigios.

Antiguos desafío para los vehículos
Afortunadamente, Peguerinos y sus montes también han sido elegidos para otros acontecimientos más felices, especialmente deportivos, como una vuelta ciclista Valladolid-Madrid-Valladolid en 1933. La segunda etapa partió del paseo de Camoens de Madrid y subió las cuestas de Peguerinos. Uno de los más destacados ciclistas, que había triunfado en la primera etapa, sufrió dos pinchazos.

La susodicha cuesta no era moco de pavo en aquellos tiempos. En 1918 se celebraban carreras de motos y más de un participante acababa «con la cadena saltada» (Motociclismo, 6/1918).
Años más tarde la cuesta se utilizaba para poner a prueba las capacidades de algunos vehículos. Así, en 1928 se sometíó a ensayo un «Omnibus Mercedes-Benz , tipo N 1, para 17 plazas», del que se destacó
la subida de la cuesta de Peguerinos, también desde la salida del puente hasta el alto (poste del R.A.C.E.), 2 minutos 41 segundos. Casi todo el recorrido se hizo en directa, y únicamente se utilizó la segunda en las dos terceras partes de la cuesta de las Perdices, en casi toda la cuesta de Peguerinos y en la pequeña subida después de Torrelodones.
España automóvil y aeronáutica, 15/3/1928, nº 5


Una historia de Peguerinos que fue contada en… Filipinas
Y hablando de Peguerinos, en el filipino Boletín de Cebú del 28 de enero de 1892, el escritor malagueño Eduardo de Palacio (1835—1900) publicó el siguiente relato verdadero o ficticio (real, en todo caso) sobre el cura de Peguerinos, un alma de Dios que se entretenía matando a otras criaturas de Dios por los montes del lugar en los tiempos del reinado de Carlos IV (1788—1808):
LA ESCOPETA
Su Majestad era un cazador de primera.
Disfrutaba el renombre de buen tirador, amén de otros renombres.
Era el terror de conejos y perdices y corzos y gamos y calandrias.
Pero no por eso pudiera decirse que D. Carlos IV era el número uno entre los tiradores del Reino.
Él presumía que nadie pudiera ponérsele delante, porque allí donde ponía el ojo, como se dice vulgarmente, ponía la bala.
Bien se divertía S. M. con el príncipe de la Paz, que en su vida acertó a matar una liebre.
Pero ello fue que D. Carlos IV tropezó al fin con un rival, ¿qué digo?, con un profesor en el arte de la caza.
Andaba el Rey por las cercanías del Escorial, acompañado de algunos servidores, cuando oyó a corta distancia disparo de arma de fuego.
—¡Hola!—exclamó.—No estamos solos, por lo visto, en el monte; hay moros o cazadores en la costa.
—Y cazadores de importancia—observó uno de los que acompañaban al Rey.
—¿Tú le conoces, Senespleda?
—Creo que sí, porque ya he tropezado con él varias veces en este mismo sitio.
—¿Y quién es él?—preguntó el Rey con curiosidad,
— Pues el cura de Peguerinos: ¡buena escopeta!
—¿Buena?
—Tiene fama.
—Quisiera conocerlo.
—Pues nada más fácil, porque es hombre muy llano, y no se desdeñará de hablar con el Rey.
Don Carlos celebró esta ocurrencia de su servidor, y todos se encaminaron al sitio donde, por el ruido de los disparos, suponían que se hallara el cura.
Y así fue, en efecto.
No tardaron en hallarse y en examinarse y reconocerse, sin gruñir ni manifestar hostilidad, los perros del Rey al perro del cura de Peguerinos.
Fueron los primeros que entablaron relaciones.
—¡Cazadores de lujo!—pensó el cura.—Y parecen personas de importancia.
—Dios lo guarde—dijo saludando al clérigo el caballero a quien el Rey llamó Senespleda.
—Él lo acompañe.
—¿A dónde bueno se encamina el padre?
A tan indiscreta pregunta respondió el cura:
—Ni para bien ni para mal me encamino a parte alguna; ni voy ni vengo, ni hago más sino entretenerme en el noble ejercicio de la caza, y no de alimañas, como su merced puede ver.
A esto llegaban D. Carlos y los demás señores que lo acompañaban.
Saludaron al cura, y pocos minutos después todos continuaban juntos la cacería.
Ansioso estaba el Rey por ver como se explicaba el cura, o mejor, si era tan buen tirador como decía la fama.
No sospechaba el clérigo con quien se las había.
—Me han dicho que el cura de Peguerinos es un cazador que lleva fama en esta comarca—dijo el Rey.
—Y la merece—afirmó el aludido.
—Sí, ¿eh?
—Como que ese cura soy yo, para serviros, y con una escopeta en la mano, ni al Rey concedo supremacía.
—¿Ni al Rey? —preguntó sonriendo Carlos IV.
—Ni al Rey, por más que dicen que es buena escopeta; pero al fin los cortesanos abultan cuanto sea en elogio de sus amos…
—Y sin conocer al Rey ¿cómo emite esa opinión el padre?—preguntó uno de los que acompañaban a don Carlos.
—Porque conozco la corte, aunque de lejos, a Dios las gracias, y conozco a los aduladores.
El Rey miró a su gente como imponiendo silencio y luego dijo:
—Bien está eso; pero dejémonos de la corte y vamos a ver si el padre es tan buen tirador como arrogante.
No habían andado muchos pasos, cuando el cura dijo al Rey:
—Ea, tire su merced, que mejor no han de ponerse las perdices para que las maten.
Disparó el Rey, y efectivamente… las perdices, que no eran menos de seis las que se cobijaban en un matorral próximo, volaron espantadas.
—Mal ojo tiene el cortesano—murmuró el cura.
—No me ha ocurrido caso semejante en mi vida de cazador—dijo D. Carlos mortificado en su amor propio.
No tardó en presentarse análoga carambola y el cura, enfilando con su escopeta a los pájaros, dijo al Rey:
—Vaya, a ver si yo ando mejor de puntería.
Y dando gusto al dedo, oyose en un tiempo mismo la detonación del arma, y el ladrido de alegría del perro, que se lanzaba sobre las víctimas.
—¡Dos!—exclamó Carlos IV.
—¿Qué menos?—preguntó el cura indiferente, y mientras volvía a cargar su escopeta.
Tres horas después llegaban a Peguerinos el Rey, el cura y los cortesanos.
—Buena cena no ha de faltarnos: cama tal vez haya para uno—decía el clérigo.
—Eso no os inquiete, que próximo está San Lorenzo, y en el convento nos hospedarán.
Ello fue que cenaron, y no mal los cazadores, y que apenas terminada la cena emprendieron el camino del Escorial.
El cura quiso acompañarlos.
Pero Carlos IV se opuso diciendo:
—No vendréis; pero sí quiero pediros un favor, y es que me dejéis vuestra escopeta.
El cura dudó:
—Tomad esta entretanto, y ved que algo vale.
Era en efecto una obra de arte maravilloso de la fábrica de Éibar.
—Además—añadió el Rey— quiero que tengáis buen recuerdo de esta entrevista. Id a Madrid y buscadme en Palacio, que quiero conseguiros una canonjía en Toledo, si no preferís una capellanía en la casa.
—¿Tanta influencia tiene su merced?
—Estoy muy bien relacionado con la reina Dª María Luisa.
—¿Eh?…
— Sí, soy, para servirte, Carlos IV, que admira el mérito donde se halla.
—¿El mérito?
—Un tirador como tú no puede ni debe verse postergado.


