Paso Indio

Un desfiladero cerca de Ubrique donde el tiempo parece haberse detenido

El «Paso Indio» lo conforman dos hendiduras, dos hondas cicatrices, en la roca caliza, paralelas y comunicadas entre sí por una rampa inclinada, de forma que desde final (en dirección oeste/este) de cada una de ellas, se puede pasar de una a otra, subiendo y bajando, por sendas rampas en la pared recosa.

El mayor de los cañones tendrá unos doscientos cincuenta metros de longitud y el menor, unos setenta. Su altura es variable, pero puede superar los doscientos cincuenta metros en sus puntos más elevados. Su suelo está lleno de grandes bloques de piedra caliza que obligan a utilizar las cuatro extremidades para sortearlos. En el fondo crecen las enredaderas y otras plantas trepadoras y alguna gigantesca higuera bravía. Hay tramos a los que apenas llega la luz del sol.

P. B. G.

Constituyen un reducto de vida salvaje a apenas un kilómetro del pueblo que se asienta en un valle. El acceso hasta su embocadura, según se accede desde las últimas casas del barrio de El Caldereto, desparramado vertiente abajo de una de las laderas del valle, discurre por un camino de cabras, entre grandes rocas, lentiscos y algarrobos que se han abierto paso entre las formas abigarradas de la caliza. Es fácil desorientarse.

Una vez dentro de la boca del cañón o en su desembocadura, según se acceda desde el este, por el interior de la sierra, o por el oeste, llegando desde el pueblo, el silencio es perfecto, sin fisuras. El tráfago de Ubrique, del que llegan ráfagas con el viento, desaparece como también lo hace el propio viento, como si la estrecha abertura de diez o quince metros de ancho ofreciera una barrera tan impenetrable como la propia roca.

P. B. G.

La vida salvaje tiene allí su templo, el tiempo se adensa y parece detenerse. No es difícil encontrar pájaros que han encontrado entre sus dos paredes su reino secreto, o, últimamente, alguna cabra salvaje. El cañón es como un río de rocas, quieto, inmovilizado en su eternidad.

Yo estuve cancheando por ese zona habitualmente con una pandilla más o menos fija de compañeros de escuela de «Los Grupos» (Colegio Público, aún en nuestros días, llamado «Víctor de la Serna y Espina», el venal periodista falangista y filonazi que usurpó un lugar en el traslado del féretro en el entierro de Unamuno y escribió el obituario por la muerte de Hitler en un diario del Régimen).

P. B. G.

Durante el curso 70/71, hacíamos cuarto de primaria, entre los nueve y diez años, y hasta el 73/74, ya en la Escuela Redonda, en octavo de EGB, con doce y catorce años, acudíamos al «Paso Indio» un grupo más o menos fijo, todos los sábados, mientras no lloviese; al principio, a partir de las doce del mediodía porque nos obligaban a estar en la escuela hasta esa hora, los sábados que no nos conducían en reata a misa o nos reunían frente a Cruz de los Caídos erigida en memoria de José Antonio, junto a la misma puerta de la Iglesia, a cantar el Cara al Sol, que nunca acabé de aprenderme; y más tarde, cuando se suprimieron las clase los sábados, desde muy temprano.

Me parece que nunca hemos saboreado con más intensidad la sensación de libertad. Nos sentíamos libres cuando corríamos hacia El Calvario, calles arriba, como bandada de pajarillos liberados de su cautiverio. Libres, sin necesidad de ningún adoctrinamiento. No necesitábamos odiar esa escuela a la que cada uno a su manera ya resistía, al precio de alguna que otra bofetada, palmetazo –el maestro tenía una palmeta de cuero, como una cachiporra reglamentaria– o tirón de patillas, y a la que la mayoría rechazábamos por sus resabios de crueldad, sin ser muy conscientes, con las vísceras.

P. B. G.

Alternábamos el «el cancheo» por los cañones con escapadas a Benaocaz por distintos caminos y rutas antiguas; subidas a la «Cruz del Tajo», con exploraciones a pelo por la cueva del «Tío Pepito» (hacíamos acopio y derroche de suelas viejas y de velas para alumbrarnos), o con visitas a las llanuras de «El Rano», o a «Las  Arenitas», una pendiente erosionada por la que nos deslizábamos de culo hasta el cauce de río, donde, si era primavera, nos limpiábamos del polvo del color rosáceo de la tierra, dándonos un chapuzón en la primera poza que encontrábamos.

Solíamos ir José Antonio, José, Francisco –el más pequeño de todos–, Jesús, Rogelio, Francisco Javier –dueño de un búmeran auténtico y que debe de andar por Australia siguiendo los pasos de su padre emigrado–, Andrés, Juan Carlos, los hermanos Luis y a Jesús, y Rafael. Estos tres últimos y algunos más que ahora no recuerdo eran solo esporádicos acompañantes invitados. Algunos ya no están entre nosotros.

P. B. G.

Nosotros preferimos llamar al «Paso Indio» de otra forma: «El cañón», menos imaginativo, pero más acorde con nuestra mirada adánica de exploradores de un territorio para todos novedoso y alejado de las plazas, patios y descampados donde hasta entonces habían transcurridos nuestros juegos.

Accedíamos por distintos sitios, casi nunca por la entrada que desemboca con vistas al valle y los tejados del pueblo. Por allí era por donde salíamos, siguiendo la pendiente de arriba abajo, desde el interior de la sierra, en dirección oeste. Solíamos primero asomarnos por el precipicio desde arriba y arrojábamos alguna que otra piedra porque el fondo del abismo no acertábamos a verlo y queríamos sentirlo. Luego hacíamos el descenso. De un cañón íbamos al siguiente, unas veces era el corto y otra el largo el que tomábamos primero. Pasábamos del corto al largo, por lo general, por las rampas de piedra que los conectan.

P. B. G.

Teníamos establecida una ruta que sabíamos de memoria, con sus hitos, bautizados por nosotros: el «Pie de C.» porque un día este metió la extremidad inferior en una hendidura sobre una superficie caliza en forma de huella; «El ataúd», por una piedra con esa forma que ocupaba una rampa pegada a la pared del cañón chico por donde subíamos a la parte superior. Blas, con su viva imaginación de entonces, se empeñó un día en bautizar con su nombre de pila cualquier formación rara de piedra. Ya no recuerdo a cuál de ellas le puso su nombre, si tenía forma de cabeza de caballo o sugería el plumaje de un indio, pero el topónimo se incorporó a esos hitos que nos servían de orientación.

El suelo de «El Cañón» solía estar por aquellas años alfombrado por los restos óseos de cabras y, sobre todo, perros. Supongo que las cabras se despeñarían y que a los perros, muchos de ellos cimarrones, los arrojarían sus dueños o captores. El cauce de «El Paso Indio» desprendía por eso algunos sábados un olor hediondo, que ponía a nuestra aventura, en medio del silencio, una nota sobrecogedora de misterio y peligro. Temíamos, mientras descendíamos entre las rocas del fondo, un desprendimiento o alguna lluvia inesperada de piedras provocada por algún cabrero airado y celoso a causa de nuestra intromisión en su territorio pétreo. Mirábamos con desconfianza hacia arriba y avanzábamos en silencio con las fosas nasales tapadas con los dedos, sigilosos, como si profanáramos un lugar prohibido.

P. B. G.

Hace unos años, después de una infinidad, volví a subir con un sobrino niño y descubrí el mismo silencio sin fisuras, perfecto, ya sin esos espantosos y terribles olores a carne descompuesta. Enterramos una moneda con la promesa de volver.

Fotos: P. B. G.

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