Leo en una revista cultural estadounidense: «Jack Kirby era un niño del Lower East Side que se convirtió en el ‘Rey de los Cómics’, creó la mitología de los superhéroes y ahora Nueva York le ha dedicado una calle». La noticia ha sido recibida con entusiasmo por los aficionados a este personaje. En la esquina de las calles Essex y Delancey brilla una nueva placa conmemorativa: Jack Kirby Way. El gesto parece inofensivo, casi entrañable, pero revela una mutación profunda en una ciudad donde, precisamente, la despersonalización del trazado urbano había sido históricamente una de sus señas de identidad y pragmatismo.
Durante siglos, el célebre Plan de los Comisionados de 1811 convirtió a Manhattan en un prodigio de la abstracción funcional. La retícula numerada —calles y avenidas identificadas por fríos números— conjuraba el ego de los gobernantes y la mitificación de los vecinos. Era una geografía eficiente donde orientarse no requería memorizar nombres, sino contar números. Hoy, sin embargo, Nueva York ha sucumbido a una auténtica fiebre de co-namings, aprobando cientos de asignaciones secundarias al año para bautizar cada manzana con el nombre de un actor, un político o un héroe local.
Esta inflación del homenaje urbano a personas no es una rareza neoyorquina, sino el reflejo de una epidemia global que en lugares como España alcanza proporciones galopantes. No va quedando infraestructura, estación de tren ni aeropuerto a salvo de la reescritura antropocéntrica. El aeropuerto de Madrid pasó a codenominarse Adolfo Suárez; el de Barcelona, Josep Tarradellas; y el de Alicante, Miguel Hernández. En el mapa ferroviario, las estaciones de Chamartín y Atocha han sido cobautizadas como Clara Campoamor y Almudena Grandes. Parece que no podemos pisar un andén o despegar en un avión sin rendir vasallaje a la memoria de algún «mono desnudo», como si el espacio público fuera un lugar donde establecer un templo a nuestra egolatría como especie.
Hay otro aspecto criticable en esta actitud. Los políticos no rinden verdadero homenaje a la persona cuyo nombre inscriben. Eso es mentira. Dar el nombre de Almudena Grandes a una estación de tren (a la que todo el mundo conocía hasta ahora con el nombre popularísimo de Atocha) es sencillísimo. Basta una decisión de medio minuto en un Consejo de Ministros. Lo difícil, lo que realmente se debería de hacer y no se hace si de verdad se hubiera querido rendir un homenaje a esta escritura, habría sido crear un elemento urbano nuevo y darle su nombre. Por ejemplo, una nueva gran biblioteca, un nuevo centro cultural o similares. Pero eso es demasiado complicado para el político medio. Soluciona más fácilmente por decreto el compromiso de homenajeara a sus adeptos.
Antes había más humildad
Antiguamente, la toponimia era un ejercicio de geografía, observación y humildad. El nombre de un sitio nacía de la descripción física o funcional del entorno: la calle del Río, la del Molino, la del Pozo o la del Roble. No existía la pretensión de erigir un pedestal de chapa en cada esquina. La modernidad, en cambio, ha transformado el mapa en un catálogo monumentario y un registro ideológico donde el ser humano se felicita incesantemente a sí mismo por existir.
Esta actitud revela un antropocentrismo desmedido y asfixiante. Si para solucionar los graves colapsos ecológicos y sociales del mundo actual se requiere que el ser humano ejercite la humildad y comprenda que no es el centro ni el único habitante del Universo, el callejero manifiesta exactamente lo contrario. ¿Dónde están los monumentos viales a quienes verdaderamente han sostenido la civilización a costa de su sufrimiento?
Si el mapa urbano lo configuramos como un registro de gratitud, ¿por qué no existe la «Calle de la Gallina», la «Plaza del Burro» o la «Avenida del Conejillo de Indias»? Pocas especies han prestado servicios tan colosales, continuados y trágicos a la Humanidad. Millones de animales han alimentado nuestras ciudades, han cargado con nuestros materiales de construcción o han entregado su cuerpo en laboratorios para probar las medicinas que hoy nos salvan la vida. Sin embargo, su sacrificio no merece una sola placa. Reservamos todo el nomenclátor para los arquitectos del ego humano.
Una actitud tan injusta produce, como era de esperar, malestar a nosotros mismos. Cada nombre humano puesto a un elemento urbano crea una polémica, ya que si unos están entusiásticamente de acuerdo, otros están radicalmente en contra. Es imposible el consenso, y habitualmente la discrepancia acaba en la redenominación de las calles, por supuesto sustituyendo el nombre de un humano por el de otro. Y así el problema no se resuelve nunca.
Resulta urgente desmantelar este culto constante a nosotros mismos. Una ciudad verdaderamente madura y consciente debería empezar por mirar más allá de la especie humana en su nomenclátor, reconociendo a los seres sintientes con los que comparte el planeta, o simplemente devolviendo a las calles su discreta y funcional orientación geográfica. De lo contrario, llegará el día en que no nos queden ni las alcantarillas libres para colocar una placa conmemorativa.

