Un tipo que se enriquece con el espacio común le hace un agujero a la Luna y queda impune

Un artefacto espacial de SpaceX, fuera de control, ha terminado estrellándose contra la Luna y dejando un cráter. La noticia se ha contado, sobre todo, como una curiosidad científica: un impacto artificial que permitirá estudiar cómo se forman los cráteres lunares. Y, sin duda, tiene interés científico.

Pero hay otra manera de contarla. Una manera bastante menos complaciente.

Porque ese agujero en la Luna es también el símbolo de algo que debería preocuparnos: la creciente capacidad de unos pocos individuos y empresas para intervenir en espacios que pertenecen a todos sin que exista, en la práctica, un poder colectivo capaz de impedirlo.

La Luna no es de SpaceX. Tampoco de Elon Musk, ni de Estados Unidos, ni de China, ni de ninguna otra potencia. Formalmente, el derecho internacional lo establece con claridad. Pero una cosa es lo que dicen los tratados y otra, bastante diferente, lo que la humanidad es capaz de impedir.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué habría ocurrido si el objeto hubiera causado un daño mucho mayor? ¿Quién habría podido evitarlo? ¿Quién habría tenido capacidad real para decirle a una empresa que no puede hacer esto, que no puede poner aquello en órbita, que no puede llenar el espacio de objetos cuya trayectoria nadie controla completamente?

La respuesta, por desgracia, parece ser: no demasiada gente.

Los estados poderosos permiten a sus ciudadanos ricos que se adueñen del espacio común

Durante mucho tiempo, el espacio estuvo fundamentalmente en manos de los estados. Ahora está entrando con enorme rapidez en manos privadas. Empresas con recursos económicos gigantescos pueden desarrollar cohetes, lanzar constelaciones de satélites y enviar artefactos hacia otros mundos. La tecnología avanza a una velocidad extraordinaria; la regulación internacional, en cambio, avanza con la parsimonia propia de los acuerdos entre casi doscientos países.

El resultado es una peligrosa inversión del principio de precaución: primero hacemos las cosas y después nos preguntamos cómo regularlas.

Y conviene no considerar esto un problema exclusivamente espacial. La historia humana está llena de ejemplos en los que la capacidad de los poderosos para hacer algo ha crecido mucho más deprisa que su obligación de responder ante los demás por las consecuencias. Cuando los errores los cometen quienes tienen poder, las consecuencias no siempre las pagan quienes los cometieron; las pagan otros.

Puede pagarlas una población expuesta a contaminación, una generación futura que recibe un clima deteriorado, una comunidad que pierde un recurso natural o, en el futuro, cualquiera de nosotros cuando determinados espacios comunes hayan sido convertidos de hecho en territorios sometidos a intereses privados.

Por eso el pequeño cráter lunar tiene un valor simbólico que va mucho más allá de sus dimensiones. Hemos empezado a dejar huellas de nuestra actividad industrial en otro mundo antes de haber resuelto colectivamente qué límites éticos deberían regir esa actividad.

Y quizá deberíamos hacernos una pregunta elemental: ¿porque podemos hacerlo tenemos derecho a hacerlo? La respuesta debería ser no.

El espacio no es el nuevo Oeste, ni la Luna una tierra virgen esperando al primero que disponga del dinero y la tecnología necesarios para explotarla. Son parte de un patrimonio que, aunque jurídicamente tenga una definición más compleja, pertenece en última instancia a toda la humanidad.

No se trata de estar contra la exploración espacial ni contra SpaceX, ni de negar el enorme valor científico de sus avances. Se trata de exigir algo mucho más sencillo: que el poder tecnológico esté sometido a un poder colectivo capaz de ponerle límites.

Porque si no somos capaces de establecerlos ahora, cuando todavía estamos a tiempo, quizá llegue un día en que descubramos que quienes tenían más dinero fueron también quienes decidieron qué podía hacerse con aquello que era de todos.

Y entonces el cráter de la Luna será lo de menos.

Por cierto, en consonancia con el ombliguismo antropocéntrico galopante que campa por sus respetos, al agujero podrían bautizarlo cráter Elon Musk.

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