Nueva lectura inactual: «Casa “La Vida”», de Alberto Savinio

Concluyo y dejo reposar unos días la lectura de «Casa “La Vida”» del escritor ítalo-ateniense Alberto Savinio (Atenas, 1891 – Roma, 1952) en la traducción de la prestigiosa italianista Esther Benítez, infatigable traductora de clásicos y modernos –desde Alfieri y Manzoni a Moravia, Calvino, Pasolini o Pavese– de las letras italianas, en la segunda mitad del siglo pasado. Savinio fue sucesivamente músico y compositor, pintor (era hermano de Giorgio de Chirico), escritor y filósofo.

La traducción fue dada a conocer en 1982 por la prestigiosa colección que la editorial Alfaguara de entonces –nada que ver, o casi, con la de ahora: cualquier parecido es mera coincidencia– sacaba por esas fechas y cuyos volúmenes eran reconocibles por sus portadas azules, pasto hoy de librerías de segunda mano y, en muchos casos, nunca vueltos a editar y, por tanto, difíciles de encontrar como no sea por obra del azar como es mi caso. Entonces, estudiante pobre uno, escapaban a mi presupuesto. Tan fuera de nuestro alcance, por tanto, entonces como ahora.

«Casa “La Vida»» es, además del título general, el de uno, el último, de los dieciséis relatos que contiene la obra y de una «variante» del mismo. Es un título alegórico para un argumento que, en este como en otros cuentos, también es una alegoría. La vida se presenta como una casa llena de recuerdos cuyas dependencias recorremos en una búsqueda en la que principio y fin se funden en uno.

«Casa “La vida”» lleva un subtítulo aclaratorio: «16 relatos precedidos por un prefacio y una dedicatoria; acompañado de 9 “Ojos”; enriquecido por una apostilla y una variante».

En el Prefacio, el autor afirma en relación a su quehacer:

También nuestro destino parece a veces haber ido a la escuela de Maquiavelo, de tan poco claramente que conocemos incluso lo que engendramos nosotros mismos, y expresamos de nuestra alma, y formamos de nuestras manos. Al menos eso me ocurre a mí. (…) Por ese feliz asombro, por ese presentarse inesperadas y nuevas, por ese venir hacia mí como de otro mundo, mis obras se hacen amar por mí antes de hacerse amar por los otros; antes de divertir a otros me divierten a mí…

Viene a cuento tan larga cita para advertir de la inutilidad –pues aunque insinúa su intención irónica también juega al despiste– de ese largo subtítulo aclaratorio: lo que el lector va a encontrarse nada más iniciar la lectura –y de ahí la sorpresa que el subtítulo viene a reforzar– es una obra original y situada al margen de las convenciones genéricas, para asombro y diversión, en el más noble sentido del término, del lector.

Relatos, sí, o si se prefiere cuentos, pero también reflexión iluminadora, profundidad filosófica y una expresión poética que ofrece perspectivas originales sobre cuestiones eternas que están en raíz del pensamiento humano o sobre la simple realidad o la naturaleza observadas con una mirada inédita.

La sorpresa y el asombro de estos relatos no están tanto en el hilo narrativo sino en el fulgor poético y filosófico de sus continuas y numerosas digresiones. Estas interrumpen, sin que el lector se percate apenas, el hilo del relato y proponen una lectura tanto más gozosa cuanto que nos obliga a detenernos en la belleza poética de la idea o, si quiere, en la expresión poética de un pensamiento iluminador del propio relato y de la existencia.

Relatos, sí, pero de un género híbrido donde lo digresivo propio del ensayo y el discurrir libre de la idea en su abrirse paso y alumbramiento, en su desarrollo, se funden en narraciones en las que el sentido se sobrepone a lo anecdótico y argumental. Relatos en los que lo imprevisible, la genial ocurrencia, brotan de la fusión armónica y natural en una sola dimensión de realidad e imaginación. Y en los que la razón sirve para delimitar con más intensidad el misterio de la existencia.


Algunas citas

Entresaco algunas de estas digresiones, unas filosóficas y otras poéticas, y algunas, la mayoría, en las que ambas dimensiones se funden.

…aclarar un misterio es indelicado hacia el misterio mismo.

Apollinaire tenía la seriedad, la incapacidad de bromear que tienen los animales.

La mayor debilidad humana, nuestro error más grande, ¿no es acaso buscar siempre y por doquier una conexión lógica en los hechos, incluso en los más arbitrarios y absurdos, y en la propia irracionalidad del cosmos?

Ignoraba, sin embargo, que además de los cuerpos, las almas transmigraran también a las cosas, a los objetos, a los navíos.

Marco se orfeizaba. Nada se le escapaba de los rumores minúsculos que, todos juntos, componen el silencio de la naturaleza, al igual que el conjunto de puntitos abigarrados compone el cuadro divisionista. Los susurros, los crujidos, los minúsculos golpes, los crisos y los bisos sobre los cuales el chirriar de una cigarra, el gorreo de un pájaro, el canto remoto de un campesino, se agigantan como voces supraterrestres.

Una franja de luz sanguinolenta prolongaba en el horizonte el recuerdo del sol…

En la arqueología del mundo mediterráneo los fenicios son lo que el tomate en las salsas.

Es activo, dinámico y profesa la religión del «hacer».

Las golondrinas estriaban aquella luz ancha con sus vuelos cortantes, la embrollaban de desorden, la ensuciaban como un espejo sobre el cual se trazasen líneas negras con su lápiz litográfico, la desgarraban con sus chillidos siniestros.

En el aire dulcísimo, había la melancolía difusa de la próxima dispersión estival. El invierno ya no protegía. Recomenzaba la estación de la gran libertad, el verano que acelera nuestra carrera hacia la muerte.

Ese es el veneno de las fiestas. Sacan a la superficie las cosas pasadas, las cosas olvidadas. También eso sorprende penosamente a Nivasio Dolcemare, que ciertas cosas que creemos inmortales, como el recuerdo de nuestra madre, se apaguen sin que lo advirtamos y caigan en la oscuridad del olvido.

Nivasio Dolcemare sabe cuán innoble es el sentimiento de servir y otro tanto innoble el sentimiento de hacerse servir.

Si los libros de Nivasio Dolcemare no niegan la existencia de Dios, es porque en ellos la inexistencia de Dios se da por supuesta y se habla en ellos al margen de la existencia de Dios, al margen de muchos postulados que antaño, y no para él, sino para los demás, eran esenciales, pero que él, Nivasio, no tomó en consideración ni siquiera de niño, y que él ha olvidado por completo. Orgulloso está Nivasio de este argénteo vacío que lo circunda y que él llena con su sola inteligencia, como se llena el vino de una copa de cristal. Y como palabras del único amigo digno de él, Nivasio recuerda los versos de Lucrecio:
Quare religio pedíbus subiecta vicissim
Opteritur, nos exaequat victoria caelo
.

Y entonces Nivasio comprendió que para pasar de la vida a la muerte es necesario encorvarse y hacerse pequeñito como para pasar a través de un portillo muy estrecho. Entonces Nicasio pensó que la muerte es el parto más difícil y un terrible nacimiento. Entonces Nicasio comprendió que todo el sufrimiento de la agonía estriba en esa estrechez del portillo. Entonces Nicasio sintió que cuando la criatura más querida para nosotros agoniza, o sea, lucha por el paso, lo que invoca en nosotros no es que la retengamos en este lado del paso, sino, terrible es decirlo, que la ayudemos a pasar al otro.

…habitamos en lugares que o conocemos mal o no conocemos en absoluto, circundados por el misterio y por insidias.

Pero también Nicasio Dolcemare, como todos los hombres conscientes, se avergüenza de la propia historia y quisiera esconderla, borrarla de la acusadora pizarra del pasado. Casi todas las cosas que ha hecho son cosas que no quería hacer. En cambio, las que habría querido hacer no las ha hecho, pero espera hacerlas algún día y por esa razón vive, por esa razón «continúa» viviendo. También la Humanidad, también el Mundo, si fueran capaces como él de sentir vergüenza de lo que han hecho y al tiempo remordimiento por lo que no han hecho, se avergonzarían de su historia: la Humanidad de la historia de la humanidad, el Mundo de la historia del mundo.

Y en la oscuridad de la estancia que creía no conocer y que, en cambio, es el cuarto en que vino al mundo, Nivasio desahoga silenciosamente las lágrimas refrenadas durante muchos años, y el llanto de toda una vida.

La mañana era fresca y luminosa. Una flota de nubes blanquísima, cisnes acéfalos, navegaba por el cielo tenso y brillante.

Odió su mal menos por el dolor que le procuraba que porque lo hacía esclavo, inesperadamente, de aquellos hombres, de aquellos desconocidos que ahora son sus amos: amos presurosos, amos sonrientes, pero amos.

¿Por qué se cree que la costumbre requiere mucho tiempo para madurar? ¿Por qué la idea de costumbre se asocia inevitablemente con la idea de lentitud?

¿Por qué torturar a alguien que ya está tan mal? ¿Cómo nadie piensa, en un lugar especialmente consagrado a la mitigación del dolor, que más fuerte que el dolor físico es el tormento moral del pudor violado?

Algunos pueblos devuelven al muerto la posición que éste tenía en el seno de la madre. Lo recomponen feto en el seno de la muerte, nuestra madre suprema.

Todas las noches el durmiente repite la posición prenatal y prepara al tiempo la posición postmortal. Todas las noches vuelve el hombre a ser por nacer y a un tiempo muriente. Todas las noches el hombre pasa la frontera de los dos límites supremos y opuestos de la vida.

Descubre sólo ahora esta vida preciosísima que antes ignoraba, e ignorándola desperdiciaba. Quiere durar así sin fin, suspendida su barquilla sobre el nivel de este mar sin riberas.

Los muebles, como los retratos, como las momias para los egipcios, son la continuación aquí abajo de nuestros progenitores, de nuestros parientes, de nuestros amigos…

El adulto debe cambiar continuamente sus propios juegos para divertirse, mientras el niño, favorecido por una más generosa fantasía, disfruta repitiendo siempre el mismo juego.

La única lógica verdadera y que permite las más «profundas» soluciones, reside en algunos sueños especialmente felices, y de estos se trasvasa a nosotros.

Como antes de niño, también ahora que tiene casi cincuenta años, este niño «prolongado» sueña con un trabajo regular, un trabajo «preestablecido», un trabajo puro de presupuestos mentales.

El arte es el espectáculo de nuestros deseos, la representación de lo que querríamos recibir de la vida más la vida no nos da. Tanto más valioso es el arte cuanto más lejanos e irrealizables son los deseos que representa.

…icuánto más contento habría estado de vivir dentro del mundo de la pintura griega, que con sus colores limpios y transparentes, su tranquila dignidad, su tacto poético está más allá del drama, más allá del sufrimiento, más allá de las inmundicias de la vida.

El gran tormento de los tímidos es que, externamente, pasan por inactivos, indiferentes, resignados, carentes de necesidades; mientras que, en cambio, «el interior» del tímido vibra con una secreta y acongojante actividad.

Sin amor el mundo perecería, más que por cesación de los nacimientos, porque la mitad de la humanidad carecería del alimento de fuerza, del don de la vida que le da otra mitad.

También la dignidad de ánimo, también la austeridad de costumbres se revisten de calma, porque ningún contraste de ideas las turba, pero también ellas viven, a la par que la estupidez, con una sola idea.

…el futuro es una palabra inventada por los hombres para designación de un pensamiento suyo bastante ingenioso, pero falto de todo lazo que realmente exista, como sería la palabra piano en un mundo en el cual nunca se hubiera visto un piano.

 …cualquier cosa que pensemos en lo no ocurrido, por lejana que sea, en mí ha ocurrido ya y también «ha pasado al pasado» en el mismo acto que la pensamos.

¡Qué vano juego esperarse del futuro algo futuro!

…la causa de toda la suma de la infelicidad.
(…) Ver como una marcha hacia adelante lo que verdaderamente es una marcha hacia atrás. Creer que avanzamos cuando nuestro ilusorio mundo es en verdad «un fabricar pasado». Este dejarse engañar por una línea que a nosotros nos parece recta, pero que en verdad es la parte de un círculo.

…tuvo en ese momento el primero y suasorio testimonio de que el diablo existe. Porque solo un diablo, o sea, la quintaesencia del mal, puede pensar en urdir un engaño tan radicalmente malvado que vuelve a la humanidad constante e irremediablemente infeliz haciéndola caminar hacia lo que no existe, y alejándola en igual medida de lo que existe.

Déjese retornar la cara a su posición natural y de golpe desaparecerán añoranzas y nostalgias, y sobre todo desaparecerá el punzante deseo de futuro. En una palabra, faltará todo motivo de infelicidad.

Es innegable y natural necesidad del hombre ponerse bajo la tutela de algo que lo supere, y por prudencia, por defensa, por rechazo de la responsabilidad, situarse a la sombra y bajo la tutela de eso.

La verdad es que el hombre es refractario por naturaleza a un estado de democracia mental.

También la historia es mitómana, tanto y más que el hombre. Obsérvese que en la lengua de Homero mito significa simplemente palabra. Los héroes de Homero hablan como vosotros y como yo, sólo que usan mitos como nosotros usamos palabras. El error es de quien lee y no sabe encontrar la sinonimia entre mitos y palabras.

Es la perfecta ignorancia de los admiradores de Dante lo que en parte constituye la solidez, la inviolabilidad de la fama de Dante, de los Dantes, de los muchos Dantes. La cultura, como la limpieza, es para muchos una cuestión de pudor.


Descubre más desde TRIPLENLACE

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Relacionados

Dejar un comentario