El Dolmen de Menga, situado en Antequera (sur de España), es un monumento megalítico que ha resistido 6000 años de desgaste natural. Construido con gigantescos bloques de piedra caliza, este monumento ha sido objeto de fascinación para los arqueólogos desde el siglo XIX. Un estudio reciente publicado en Science Advances sugiere que los constructores de Menga poseían un conocimiento sofisticado de ingeniería y principios científicos, más avanzado de lo que generalmente se atribuye a las sociedades prehistóricas. Los autores del estudio proponen que el proceso de construcción de Menga se asemeja a la metodología científica moderna, basada en la experimentación y el aprendizaje progresivo.
El Dolmen de Menga, con 32 piedras calizas que suman 1140 toneladas, es uno de los monumentos más grandes y mejor conservados de la época neolítica en Europa. Entre sus piedras se incluye una de las más grandes jamás movidas en la prehistoria europea, con un peso de 150 toneladas. Aunque no se sabe con certeza cuál era su propósito, se cree que podría haber sido una tumba, similar a otras estructuras de la época.
El equipo de investigación, liderado por Leonardo García Sanjuán, de la Universidad de Sevilla, estudió fotografías y registros de excavaciones anteriores, así como datos de un escaneo láser de 2005, debido a la dificultad de obtener permisos para nuevas excavaciones en el sitio, que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Los investigadores analizaron cómo las piedras están incrustadas en la roca madre, cómo están orientadas y cómo se conectan entre sí y con el techo. Descubrieron que más de un tercio de las piedras están profundamente incrustadas en la roca madre para proporcionar estabilidad, y que las piedras fueron colocadas con una precisión milimétrica, encajando entre ellas como piezas de Tetris.
El principio del arco
La piedra más pesada, utilizada en el techo, tiene una forma convexa que distribuye su peso hacia los lados, lo que convierte a Menga en la estructura más antigua conocida en utilizar el principio del arco. Los investigadores también identificaron fragmentos fósiles en las piedras, lo que sugiere que provienen de una cantera de rocas sedimentarias ubicada a 850 metros al suroeste y 50 metros más arriba en elevación que Menga, lo que indica que los constructores debieron transportar las piedras cuesta abajo. Aunque algunos expertos proponen que las piedras se trasladaron rodando sobre troncos, los autores sugieren que el uso de trineos habría sido más efectivo.
El estudio concluye que los constructores de Menga no solo eran expertos en logística y planificación, sino que también poseían un entendimiento avanzado de la estructura y los materiales. Comprendían las propiedades geológicas y físicas de las rocas, así como la capacidad de carga y la fricción. Además, su habilidad para encajar las piedras demuestra un conocimiento de geometría.
Este dplmen tiene la peculiaridad de su irientación hacia la famosa Peña de los Enamorados.
Aunque los constructores de Menga no dejaron planos, su ingenio queda grabado en la piedra. Este estudio resalta la posibilidad de que formas de conocimiento y ciencia que existieron en el Neolítico se hayan perdido para siempre debido a la falta de escritura, pero su legado persiste en monumentos como el Dolmen de Menga.
Fuente: Hannah Richter, doi: 10.1126/science.zyituzk

