La labor de recepción, interpretación, ordenación, armonización, aumentación y transmisión de la herencia científica y filosófica griega que llevaron a cabo los árabes en la Edad Media fue portentosa. Se necesita profesar mucho amor al conocimiento y dedicarse con toda el alma para ser capaces y merecer llevar a cabo la tarea que emprendieron y culminaron, dejando a los occidentales un solar desbrozado y ordenado donde poder poner los cimientos de la ciencia moderna.
Contra lo que pudiera pensarse a priori, recibir de pronto de otra civilización el conjunto de sus saberes no tiene por qué ser una vía rápida para acceder al nivel cultural de ésta. Cuando se ha sido ajeno a la producción y desarrollo de una serie de logros, no es fácil asimilarlos. La situación de los árabes de hace trece siglos quizá puede parangonarse a la del siguiente ejemplo. Supongamos que actualmente recibiéramos un conjunto de documentos sobre cierta avanzada teoría a la que nuestra ciencia no ha llegado (viaje en el tiempo, por ejemplo) procedente de una civilización mucho más evolucionada que la nuestra (digamos, de otro planeta). Pensemos en las dificultades que encontraríamos para asimilar esa información.
Admitamos que pudiéramos traducir los textos y que hubiéramos decidido trasladar a nuestro idioma los contenidos recibidos para ponerlos a disposición del resto de los seres humanos y poder estudiarlos entre todos. Evidentemente, surgirán palabras específicas que no sabremos traducir porque toda ciencia nueva crea términos nuevos; además, algunos vocablos pueden ser comprensibles, pero no serlo el significado que se les da en ese contexto. Para colmo, cabe la posibilidad de que los redactores hayan empleado voces poco afortunadas, como ocurre a menudo con nuestra ciencia: a menudo, en los primeros estadios del desarrollo de una teoría se han empleado términos que luego se han revelado poco útiles y hasta desorientadores, pero los hemos mantenido por la fuerza del hábito.
Con esas circunstancias pudieron toparse en principio los árabes al recibir la “herencia griega”. Por ejemplo, al examinar textos latinos sobre la scientia de ponderibus helena encontraron, para referirse a un cuerpo pesado, los términos pondus y grave, que, a la luz de la ciencia actual, quizá podríamos considerar que tienen cierta relación con lo que llamamos masa inerte y masa gravitatoria. Si estos textos dan al lector por avisado y no explican las sutiles diferencias entre ambos conceptos, el traductor puede entenderlos como sinónimos, y si al verterlos a su lengua usa indistinta y arbitrariamente sinónimos equivalentes, la confusión ulterior estará servida. (Recordemos que los árabes tuvieron un grave inconveniente: no pudieron recurrir al autor para despejar dudas.) Sólo si les llegó por azar algún libro que explicara la diferencia entre pondus y grave podrían haber trasladado las ideas con fidelidad. También está el problema de los errores en las copias, que podrían desconcertar a los lectores.
Sigamos con el símil. Por proceder de una civilización más evolucionada la documentación que recibimos la reputamos de verdadera y completa en sí misma, como un corpus unificado, por la reverencia que profesamos a lo que viene de seres superiores. No nos cabe considerar que se hayan podido equivocar. Supongamos, sin embargo, que después de mucho esfuerzo de interpretación comprobamos que la información que se nos ha brindado contiene teorías aparentemente dispares. Inicialmente, desde luego, no reconoceremos este defecto como tal, sino que más bien pensaremos que está en nosotros el problema de no saber casar ideas; luego, cuando después de mil esfuerzos por tratar de conciliar lleguemos eventualmente a la conclusión de que hay realmente incongruencias, sucederá que o bien nos sentiremos defraudados y abandonaremos el estudio (si las teorías discrepan, no todas son verdaderas, y, en ese caso, ¿por qué alguna de ellas lo iba a ser?) o emprenderemos una ardua tarea de armonizar el legado por la intuición de que después de todo éste contiene mucho que enseñarnos.
Algo parecido les pudo ocurrir a los árabes. Éstos deben vérselas, por ejemplo, con cuatro teorías diferentes sobre cómo se produce el fenómeno de la visión. En principio, un admirador de la cultura griega difícilmente podría sospechar de la existencia de desacuerdos en una sociedad que se ha mostrado repetidas veces tan objetivamente superior. La intención inicial es, por tanto, armonizar más que buscar las discontinuidades, de forma parecida a como estudia la Biblia un creyente (Lindberg, 186). Cuando, después de mucho esfuerzo, se constata la incongruencia, caben dos medidas: analizar las cuatro teorías y quedarse con la más completa o, como hicieron los árabes, tratar de conciliarlas, con la intención de, si fuera posible, no llevar la contraria excesivamente a ninguna de las autoridades griegas, tan respetadas. Esta actitud, al menos en el caso de la “ciencia de la perspectiva”, se reveló finalmente la más productiva, pues Alhacén fue capaz de armonizar todas las tradiciones en una nueva teoría que facilitó en alto grado el resto del trabajo a los protocientíficos cristianos medievales.
Vayamos más allá en el símil del legado recibido de una civilización superior. Supongamos que a nuestro alrededor no existe un entusiasmo demasiado generalizado sobre lo que de positivo pueda tener estudiar la documentación recibida porque se considere un empeño ocioso o, quizá, poco pío. Si no se nos apoya, permitiéndonos el sustento mientras nos dedicamos a nuestra labor, ¿cómo podremos proseguirla? Peor aún, si no creen nuestros semejantes que podamos sacar ningún provecho, ¿no hará falta una firme fe individual para seguir estudiando los contenidos que nos han enviado?
Ese es otro inconveniente con el que se encontraron los árabes. A diferencia de, por ejemplo, los romanos, los árabes –permítase la expresión– “estudiaron a distancia” y en una sociedad poco favorable a mantener sus estudios. Los esfuerzos, las personas que emprendieron la labor, estaban aislados. Las instituciones de enseñanza no admitían en su currículo las disciplinas ajenas o extranjeras (awail). Se dependía del mecenazgo particular. En esas condiciones, el tiempo necesario para digerir lo que se recibió por escrito pudo alargarse. Además, la escasez de discípulos a los que transmitir la labor probablemente contribuyó a hacer vanos muchos esfuerzos, que se perdieron. El científico musulmán, en definitiva, no vivía en una sociedad propicia, y eso lo desanima, porque los pensadores necesitan al menos en cierta medida el acuerdo de sus semejantes, que éstos reconozcan su papel (su rol social). Evidentemente, no todo son inconvenientes; el estudio “a distancia” –en el caso de los árabes, distancia en el espacio y en el tiempo respecto a sus maestros griegos– fomenta el que cada alumno se convierta en su propio profesor, madurando de distinta forma que cuando los conocimientos se reciben de forma directa.
Agotemos el símil suponiendo que los conocimientos que la civilización superior nos va ofreciendo nos llegan no en el orden cronológico en que fueron logrados por esa civilización, sino más o menos al azar. ¿No provocaría esto un enorme desconcierto? Imaginemos también que la información no la recibe una sola persona sino varias, distribuidas por distintas partes.
Pues bien, estas situaciones las vivieron los científicos islámicos en muchas ocasiones. No tuvieron las ventajas de esas civilizaciones inferiores que entran en contacto con otras superiores in situ y que tienen así la oportunidad de asimilar de forma más o menos veloz y efectiva el acervo de esta última, gracias al contacto con los maestros y sus saludables influencias. Así, las dudas pueden resolverse, no permitiendo la aparición de lagunas; el discípulo se incorpora inmediatamente al discurso de una determinada disciplina de la mano de su preceptor, se familiariza con la nomenclatura empleada, que a veces es ilógica y otras compleja e incluso hermética (pensemos en la alquimia y en lo difícil que es trabajar en esta disciplina sin ser iniciados por un maestro). Los romanos, por ejemplo, pudieron recibir la herencia griega en esos cómodos términos; los árabes, no. Sin embargo, ordenaron con paciencia y sin desaliento el material recibido. Y cuando recibieron informaciones contradictorias trataron de encontrar una síntesis. Llevaron a cabo, en resumen, una labor de las que caracteriza a las grandes civilizaciones.
Algunos ejemplos de ciencia árabe: logros en óptica, ciencia de los pesos y astronomía
Comentamos seguidamente algunas aportaciones en las ciencias de la perspectiva y los pesos y en astronomía para ilustrar el esfuerzo armonizador de tradiciones antiguas aparentemente incompatibles que hicieron los árabes. En general, hubieron de conciliar dos interpretaciones básicas: la física y la matemática. La existencia de estas dos vías es un hecho recurrente en la historia de la ciencia; uno de los más conocidos ejemplos contemporáneos es la doble interpretación de la mecánica cuántica: la matemática de Heisenberg y la física de Schrödinger, ambas completamente equivalentes.
En óptica los árabes encontraron cuatro interpretaciones de la ciencia griega sobre el proceso de la visión: la atomista (los objetos emiten una cutícula de átomos –eidola– que entra en el ojo, “encogiéndose” si es necesario para conseguirlo); la euclidiana-tolemaica (del ojo sale un cono de radiación que al incidir sobre un cuerpo “percibe” a dicho cuerpo), la aristotélica (el objeto modifica el medio transparente existente entre él y el observador, lo que a su vez provoca una modificación en los humores del ojo); y la galénica (un espíritu visual transforma el aire, el cual percibe al objeto con el que está en contacto, devolviendo la percepción al nervio óptico). La segunda teoría es la única que da una explicación geométrica de la visión y las leyes de la perspectiva, pero adolece de contenido físico. La teoría galénica trata más de satisfacer los requerimientos de la disposición anatómica del ojo. Las otras dos dan explicaciones físicas en principio plausibles (aunque criticables) sobre cómo las cualidades visibles de los objetos se transmiten al órgano de la visión, pero no dan cuenta de las leyes de la perspectiva.
En el Islam, Al-Kindí defendió la teoría de Euclides-Tolomeo, Hunaín la de Galeno, y Racés, Al-Farabí y Avicena la de Aristóteles. Pero fue Alhacén (siglos X-XI) quien pudo conciliar las distintas interpretaciones y ofrecer una que a la postre constituyó la base de nuestras ideas actuales. Los defensores de la teoría matemática criticaron la aristotélica con el siguiente argumento: si varios objetos en el campo de visión modifican el medio, el ojo percibiría una mezcolanza de esas alteraciones; y refutaron la atomista con las objeciones: ¿cómo podía la eidola de un objeto grande, por ejemplo una montaña, comprimirse lo suficiente como para entrar en el ojo, y cómo podía un cuerpo emitir eidola hacia, “10.000 personas que lo estuvieran contemplando al mismo tiempo”? (argumento este último de Hunaín).
Al-Kindí hizo entonces una aportación fundamental al argumentar que la radiación no la produce un cuerpo luminoso como un todo, sino que cada punto de su superficie irradia luz en todas las direcciones independientemente de los demás. Este análisis puntiforme de la radiación sirvió para que Alhacén emitiera una teoría integradora. Frente al inconveniente de que la radiación de todos los puntos produciría confusión en el ojo, Alhacén postuló que sólo excitarían el órgano visual aquellas radiaciones que incidieran perpendicularmente a la superficie convexa del ojo, de modo que las demás se refractarían, debilitándose y perdiendo su capacidad de estimular. Además, Alhacén explicó que la anatomía del ojo es tal que permite una correspondencia biunívoca entre cada punto emisor de radiación de un objeto y un punto dentro del ojo, de manera que la radiación total en forma de cono procedente del objeto da lugar a una imagen idéntica en el órgano visor. En la Europa cristiana Roger Bacon adoptó esta teoría, mejorándola, pero fue Kepler quien consiguió dar una explicación completa, dando cuenta incluso de cómo los rayos refractados podrían estimular la retina sin interferencias con otros rayos, permitiéndose así la formación de una imagen nítida. Los árabes también hicieron una aportación importante respecto al color, tratado insuficientemente por los griegos. Avicena explicó que los objetos sólo tienen color cuando se los ilumina (algo aceptado completamente hoy) y cuando se los observa.
En la ciencia de los pesos los griegos estaban divididos en dos tradiciones, una estática y otra dinámica. En general, suponían que los estados de equilibrio y reposo eran esencialmente distintos –hoy se trata el reposo como un caso especial del movimiento–. La versión aristotélica, dinámica, apreció la idea del movimiento compuesto, utilizada actualmente (por ejemplo, un movimiento circular puede entenderse como la superposición de dos lineales, uno tangencial y otro centrípeto), que contiene los rudimentos de la teoría vectorial del paralelogramo de fuerzas, un intento de geometrizar el fundamento de la balanza “romana”, y un reconocimiento del principio de las velocidades virtuales a partir del que se dedujo la ley de la palanca. Los resultados son en general válidos, pero muchas demostraciones son erróneas. Buena parte de la culpa de que no se progresara más es la consideración incorrecta de que pesos diferentes caen a distintas velocidades. La otra versión, la estática, se debe a Euclides y Arquímedes. Este último proporciona una demostración elegante y formal de la ley de la palanca basada en dos potentes abstracciones matemáticas: la balanza ideal y el concepto de centro de gravedad.
En el Islam, Tabit ben Qurra admite la aproximación dinámica de Aristóteles, pero sus demostraciones no contienen los errores cometidos por este último. Además, mezcla partes significativas de la tradición estática arquimediana, comprobando que los pesos distribuidos en los brazos de una balanza equivalen a un solo peso situado en el centro de gravedad. El esfuerzo de Tabit fue importantísimo para los cristianos medievales. En occidente también hubo buenos armonizadores primitivos, el mejor de los cuales fue Jordanus de Nemore, quien mejoró la doctrina aristotélica de las velocidades virtuales. Un “redactor” (que probablemente es el mismo Jordanus) da las primeras explicaciones de los planos inclinados. Pero los cristianos medievales no fueron capaces de producir una síntesis total de las tradiciones estática y dinámica, entre otras razones por mantener una idea de los pesos tal que la velocidad de caída libre de un cuerpo es proporcional a su peso. No obstante, el esfuerzo de unificar estática y dinámica tanto por los árabes como por los cristianos fue un acicate que permitió importantes avances en mecánica.
En astronomía, mientras que en el mundo latino se usaban teorías descartadas como la platónica del Timeo, los árabes tuvieron acceso a contenidos más ricos, lo que permitió que desarrollaran una poderosa ciencia de los cielos; incluso inventaron nuevos instrumentos que se revelaron utilísimos, como el astrolabio, la esfera armilar, relojes de agua, el tórquetum, el astrocompás, etc. Además, hicieron numerosas anotaciones en útiles tablas y crearon la institución del observatorio.
Los árabes constataron la existencia de dos teorías en la ciencia griega al respecto: la física de Aristóteles y la matemática de Tolomeo. Aristóteles pensaba que por ser el universo una entidad material, su comportamiento debería deducirse de las leyes de la física. En el centro del mundo estaba la tierra inmóvil rodeada de esferas elementales de agua, aire y fuego; circunscrito, había un sistema de esferas compuestas de un quinto elemento o éter rotando alrededor de varios ejes con un centro común, cada una con una velocidad angular constante. Por su parte, los instrumentos geométricos usados por Tolomeo (deferentes, epiciclos, excéntricas, etc.) violaban las leyes físicas, pero daban más precisas explicaciones de los movimientos de los cielos. Averroes consideró los dos sistemas incompatibles, y Al-Bitruyí trató de armonizarlos eliminando epiciclos y excéntricas. Todo esto condujo a debates sobre si las matemáticas pueden o no explicar el mundo desde su característico punto de vista abstracto. Tanto árabes como cristianos contemporáneos trataron de imbricar la teoría cinemática de Tolomeo en la de las esferas materiales de Aristóteles, y aunque no consiguieron resultados definitivos, sí pusieron los cimientos para que algunos siglos más tarde se consiguiera reconciliar ambos puntos de vista.
Bibliografía
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