Los delfines, como los humanos, se llaman por sus nombres

Por el momento, esta aptitud no se ha demostrado en ninguna otra especie, aunque no se descarta

Al azar

¿Son los delfines los únicos animales que llaman por su nombre a otros individuos? La respuesta, al menos con las pruebas disponibles hoy, es sí… pero con muchos matices. No porque sepamos que ninguna otra especie sea capaz de hacerlo, sino porque todavía no existen evidencias suficientemente sólidas de que ocurra. Esta es la principal conclusión que se desprende de una entrevista publicada en la revista Science, basada en un artículo de opinión aparecido en Trends in Cognitive Sciences.

A primera vista, la pregunta puede parecer casi anecdótica. Sin embargo, en realidad apunta a uno de los rasgos más sofisticados del lenguaje: la capacidad de utilizar un símbolo aprendido para referirse a un individuo concreto. Es decir, algo equivalente a nuestros nombres propios.

En los seres humanos, los nombres cumplen varias condiciones. No nacemos sabiendo cómo se llama cada persona; debemos aprender esos nombres de los demás. Además, una comunidad comparte esas etiquetas: varias personas utilizan el mismo nombre para referirse al mismo individuo. Y, sobre todo, el nombre funciona como un símbolo. Cuando alguien dice «María», no está simplemente llamando la atención de una persona; está evocando a un individuo específico, con independencia de que esté presente o no.

Trasladar esta definición al mundo animal resulta mucho más complicado de lo que podría creerse. Numerosas especies emiten llamadas para comunicarse, advertir de un peligro o mantener el contacto con sus congéneres. Pero eso no significa necesariamente que utilicen nombres.

Un ejemplo clásico son los monos vervet africanos, que emiten vocalizaciones diferentes según se acerque un águila, una serpiente o un leopardo. Estas señales transmiten información muy útil, pero parecen formar parte del repertorio innato de la especie. Son comparables, en cierto modo, al llanto o la risa en los bebés humanos: conductas que no necesitan aprenderse y que no equivalen al uso de palabras.

En los últimos años han aparecido estudios que sugerían que elefantes, pequeños loros o titíes podrían utilizar algo parecido a nombres. Sin embargo, los autores del trabajo consideran que las pruebas todavía son insuficientes. En algunos casos, las llamadas analizadas no eran utilizadas por varios individuos para dirigirse siempre al mismo animal, como cabría esperar de un auténtico nombre. En otros, no se ha demostrado que esas vocalizaciones representen simbólicamente a un individuo concreto.

Aquí entra en juego un concepto fundamental de la psicología cognitiva: la representación mental. Para afirmar que un animal usa un nombre no basta con que emita un sonido característico. Es necesario demostrar que ese sonido está asociado en su mente a la identidad de otro individuo y que puede relacionarlo con distintas informaciones sobre él.

Los delfines

Precisamente ahí es donde los delfines ofrecen la evidencia más convincente. Desde hace tiempo se sabe que cada uno desarrolla un silbido característico, conocido como «silbido firma». Los delfines lo utilizan cuando se separan del grupo y también durante los encuentros con otros individuos. Además, en ocasiones imitan el silbido característico de otro delfín, como si lo estuvieran «nombrando».

La prueba decisiva llegó hace pocos años gracias a un ingenioso experimento. Los investigadores comprobaron que los delfines prestaban mucha más atención cuando escuchaban el silbido característico de otro individuo al mismo tiempo que percibían una muestra de orina perteneciente a ese mismo animal. Es decir, eran capaces de relacionar dos tipos de información completamente distintos —un sonido y una señal química— con un mismo individuo. Esa asociación sugiere la existencia de una representación mental compleja, un requisito esencial para hablar de auténticos nombres.

¿Significa esto que los delfines son únicos? No necesariamente. La ausencia de pruebas no equivale a una prueba de ausencia. Es posible que futuras investigaciones descubran capacidades similares en elefantes, primates, aves u otras especies. Pero para ello será necesario aplicar criterios rigurosos y una definición clara de qué entendemos exactamente por «nombre».

En realidad, esa es quizá la enseñanza más interesante de este debate. Antes de responder si otros animales poseen una capacidad tan sofisticada como la de nombrarse entre sí, los científicos deben ponerse de acuerdo sobre qué evidencia sería suficiente para demostrarlo. Solo entonces será posible comparar estudios y avanzar hacia una respuesta firme. Mientras tanto, los delfines siguen ocupando un lugar excepcional entre los animales conocidos: el de la única especie, aparte de la nuestra, para la que existen pruebas convincentes de utilizar algo extraordinariamente parecido a los nombres propios.


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