A Cándido Gutiérrez Nieto
Ayer comimos en Prado del Rey, llenamos unas botellas de agua en Benamahoma y pasamos la tarde hasta que anocheció debajo del chaparro –cada año más monumental– que hay en la terraza del hostal de Grazalema.
Corría un airecito fresco, no sé si por la proximidad de la piscina. Se estaba allí muy a gusto, la gente no hacía ruido, hablaba quedo, y se disfrutaba del silencio, solo interrumpido unos momentos por un niño caprichoso al que su madre terminó por llevarse a la habitación y un tipo que atronaba en las proximidades del pueblo con un quad, provocando el efecto de que iba a producirse un derrumbe de las alturas próximas de un momento a otro. Alguien del pueblo comentó: «debían denunciarlo». Debió de detenerlo la policía. Y así debió de ser porque ya no hubo más y se hizo un silencio perfecto, pespunteado por voces perdidas y por el sonido de las hojas acariciadas por la brisa del vigoroso alcornoque virgen y nunca descorchado que nos dio cobijo.

Montamos nuestra oficina al aire libre en una de las mesas de la terraza, bajo el alcornoque –no nos faltaban periódicos, libros, cuadernos, bolígrafos y… el p… móvil– y el tiempo se nos pasó volando.
Por el césped correteaba una pareja de niños de tres y cuatro años nada ruidosa que nos brindó distracción gratis y divertida con sus ocurrencias inocentes, y llegó un grupo de jóvenes alemanas que se sentaron en círculo sobre la grama, en una especie de ritual, y el sonido asordinado y monótono de su jerigonza ya fue la música de fondo. Prestaban a Grazalema una discreta nota de cosmopolitismo.
Al albur
Nos gusta deambular por la Sierra donde vivimos al albur de la improvisación, esto último especialmente cuando salimos en coche. ¿Tiramos hacia la carretera de El Bosque, por la carretera de Cortes, hacia Jimena o hacia Algar? ¿Vamos a Ronda, a algún pueblo del Valle del Genal o hacia Setenil o a Arcos a ver una película? Salimos sin rumbo cierto, no hay ruta de antemano. Ayer había una excusa que suele ser recurrente –llenar unas botellas de agua en la fuente de Benamahoma, aunque en el fondo lo que buscamos es el arrullo de agua y su regalía– pero la carretera estaba cortada por una competición deportiva. Dudamos entre tirar hacia Algar o hacia Prado del Rey, donde recalamos finalmente. Paseamos por Prado del Rey, donde hace más de veinte años trabajé un curso, hasta que llegó la hora de comer y me invadió la sensación de que no me había ido del todo de allí. Efectivamente, en Prado del Rey, tan luminoso y despejado siempre, estoy como en mi casa y no me siento un forastero. A la vuelta pudimos entrar en Benamahoma y acceder a sus cuatros chorros de agua cristalina. Hacía un calor de agosto, a pesar de ser las seis de la tarde y de la proximidad del agua.

A Grazalema
El resto de la excursión es imaginable: había que huir del calor, que subir al Puerto de las Palomas donde seguro que soplaba una brisa fresca y benéfica, pero al llegar estaba colapsado el mirador de coches y motoristas, a los que aborrezco, y pasamos de largo continuando el lento serpenteo esta vez carretera abajo, atravesando la umbría de los pinos y las viejas encinas. Al llegar a Grazalema, guiados por la costumbre, nos dirigimos al aparcamiento de Los Asomaderos en busca de su mirador bajo la sombra de los plataneros o de un enorme algarrobo que allí extiende su copa, en una esquina, pero un disco de prohibido el paso impedía el acceso porque montaban un escenario de cartón piedra para la fiesta del bandolero. Y de súbito nos acordamos del salón de aire palaciego del hostal, con sus cómodos asientos, sus altos techos y vigas de madera y su quietud, y del gran chaparro de su terraza abierto a la contemplación de Grazalema bajo la sombra tutelar del Peñón Gordo, y hacia allá nos encaminamos sin dudarlo, saboreando de antemano el tazón de café con hielo, y pasamos la tarde sin sentirlo hasta el instante en que comenzaron a encenderse, cuando ya todos se habían marchado (las alemanas, los niños, las familias tranquilas, los paisanos…), como estrellitas, una tras otra, en un momento mágico, las luces tenues y discretas de Grazalema, envuelta en su quietud y en su paz de siglos, con su secretos y su misterio, siempre a resguardo de las montañas y de la distancia y la lejanía. Y que sea por mucho tiempo.


