Hay al menos 196 pueblos y grupos indígenas en aislamiento en el mundo. No viven ajenos a nuestra existencia: saben que estamos ahí y, precisamente por eso, muchos han decidido mantenerse lejos. El extenso informe Uncontacted Indigenous Peoples: at the edge of survival, publicado por Survival Internacional en 2025, revela hasta qué punto esa decisión es una forma de resistencia y hasta qué punto el mundo exterior está poniendo en peligro su supervivencia.
Hay una paradoja en la expresión «pueblos no contactados». Parece describir a seres humanos que viven fuera de nuestro mundo, como si jamás hubieran sabido que existimos. Pero la realidad que dibuja dicho informe es mucho más sorprendente: la mayoría de estos pueblos sabe perfectamente que existen los foráneos y ha decidido no relacionarse con ellos.
No se trata, por tanto, de personas perdidas en una selva desconocida. Son pueblos que habitan sus propios territorios, que conocen extraordinariamente bien su entorno y que, en muchos casos, llevan generaciones evitando a quienes llegan desde fuera.
El informe calcula que existen al menos 196 pueblos o grupos indígenas en aislamiento en diez países. Nada menos que el 95 % vive en la Amazonia, sobre todo en Brasil, que alberga 124 de esos grupos. El resto se encuentra en lugares tan diversos como el Chaco de Paraguay y Bolivia, Indonesia, Papúa Occidental o las islas Andamán y Nicobar, en la India.
Y hay una cifra especialmente inquietante: Survival estima que más de 90 de estos pueblos podrían desaparecer durante los próximos diez años si no se detienen las actividades que están destruyendo sus territorios.
No están «aislados» del mundo: están rechazando el contacto
Quizá el aspecto más sorprendente del informe sea precisamente este cambio de perspectiva.
Un pueblo en aislamiento no es necesariamente un pueblo que jamás haya visto a un forastero. Algunos han tenido encuentros esporádicos con indígenas vecinos, han intercambiado objetos, han observado desde lejos a personas llegadas de fuera o incluso han utilizado herramientas metálicas. Efectivamente, algunos grupos han obtenido herramientas de metal mediante intercambios con otros pueblos, tomándolas de comunidades vecinas o simplemente encontrándolas abandonadas. Es decir, no viven en una especie de Edad de Piedra congelada en el tiempo.
Tampoco todos permanecen completamente ocultos. Algunos gritan advertencias desde la distancia; otros dejan señales inequívocas para que los intrusos sepan que deben marcharse. Los Mashco Piro, por ejemplo, han sido observados en las orillas de los ríos peruanos. En 2024 volvieron a aparecer hombres y muchachos en una ribera, mientras que en 2025 se produjo un encuentro con un joven perteneciente a un grupo aislado de Brasil.
La palabra clave es, por tanto, elección. Survival considera que el rechazo del contacto es una expresión de autonomía y autodeterminación, no el resultado de la ignorancia. Y esa elección tiene una historia.
El bosque guarda las huellas de quienes no vemos
En muchos casos jamás hemos visto directamente a las personas que sabemos que viven en determinado territorio. Pero el bosque habla por ellas. Huellas, refugios abandonados, pequeños jardines, senderos de caza, trampas, marcas en los árboles y fragmentos de cerámica constituyen algunos de los indicios que hablan de su presencia. En ocasiones, esos rastros son la única información disponible. Hay algo casi detectivesco en este trabajo. Una rama cortada de determinada manera, una vivienda temporal, una plantación o una trampa pueden revelar que una población sigue desplazándose por un territorio.
En Brasil ocurrió algo extraordinario: en 1998, el Territorio Indígena Massaco se convirtió en el primero del país reconocido oficialmente para un pueblo aislado antes de que los habitantes hubieran sido vistos por personas de fuera. La existencia del pueblo se estableció a partir de las evidencias que había dejado en el bosque.
Es una inversión fascinante de nuestra manera habitual de entender la exploración: no encontramos a las personas; encontramos las huellas de su decisión de no ser encontradas.

¿Por qué quieren mantenerse lejos de nosotros?
La respuesta está en la historia. El informe de Survival insiste en que la separación de estos pueblos no puede comprenderse sin tener en cuenta las experiencias de invasión, violencia, enfermedades y robo de tierras sufridas por generaciones anteriores.
Para una población pequeña, la llegada de unas pocas personas procedentes del exterior puede ser mucho más peligrosa de lo que imaginamos. Una gripe, un sarampión u otra infección que para nosotros resulte corriente puede convertirse en una catástrofe para una comunidad que carece de inmunidad frente a ella. Según Survival, en la Amazonia brasileña más del 80 % de los indígenas recientemente contactados mueren típicamente a causa de enfermedades asociadas al contacto.
Pero las enfermedades son solo una parte del problema. El contacto suele ir acompañado de la pérdida del territorio: llegan carreteras, explotaciones madereras, minas, haciendas, buscadores de oro, colonos o proyectos de infraestructuras. Y cuando desaparece el bosque, desaparecen también los animales que cazan, los frutos que recolectan, los peces, las plantas medicinales y los lugares donde construyen sus viviendas.
Por eso el informe contiene una estadística estremecedora: el 99 % de los pueblos y grupos en aislamiento afronta amenazas relacionadas con su territorio.
La amenaza no siempre lleva un fusil
Estamos acostumbrados a imaginar el peligro para estos pueblos como una escena de violencia: hombres armados que irrumpen en la selva. Sucede. Pero la realidad es mucho más amplia.
La mayor amenaza actual procede de las actividades extractivas y económicas, que afectan al 96 % de los pueblos y grupos identificados por Survival. La tala de árboles amenaza a casi el 65 %; la minería, a más del 40 %; y la agroindustria, a más del 20 %. También son importantes la explotación de petróleo y gas, las carreteras y otras infraestructuras. Es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: algunos de los pueblos más remotos del planeta pueden estar amenazados por fenómenos perfectamente integrados en nuestra economía cotidiana.
Una carretera construida a cientos de kilómetros de distancia puede abrir una ruta de entrada. Una mina puede contaminar un río. Una concesión maderera puede destruir un territorio que para nosotros aparece simplemente como una extensión verde en un mapa.
Incluso el turismo se ha convertido en un peligro. El informe relata que en el Parque Nacional del Manu, en Perú, se produjeron decenas de encuentros entre personas en aislamiento, turistas y colonos durante la década de 2010. Algunos visitantes llegaron a dejar prendas de ropa en las orillas de los ríos para que los indígenas las encontraran. La escena puede parecer ingenua o incluso amable. En realidad, puede ser mortal: una prenda aparentemente inocente puede transportar microorganismos capaces de provocar una epidemia.
Y existe un fenómeno todavía más inquietante: el riesgo de que determinados aventureros o usuarios de redes sociales intenten localizar deliberadamente a estas poblaciones para conseguir imágenes o vídeos que les reporten beneficios económicos.
El hombre que murió sin que supiéramos quién era
Uno de los episodios más conmovedores del informe es la historia del conocido como «Hombre del Agujero» o «Último de su tribu». Vivió durante más de dos décadas completamente solo en la Amazonia brasileña. Se cree que el resto de su pueblo fue exterminado por las invasiones de colonos, madereros y ganaderos que penetraron en su territorio desde los años setenta. Nunca supimos su nombre. Tampoco conocemos con certeza su lengua, la historia completa de su pueblo ni casi nada de su vida anterior. Murió en 2022, aparentemente por causas naturales, después de haber sobrevivido durante años en el bosque.
Sabemos algo de cómo vivía porque dejó rastros: pequeños huertos, casas de paja y barro, frutos y animales cazados, y unos agujeros profundos excavados en el interior de sus viviendas y también en el bosque. Nadie sabe con certeza para qué servían estos últimos: quizá trampas, quizá escondites. Murió en una hamaca, rodeado de plumas de colores de las aves del bosque.
La imagen es casi insoportablemente simbólica: el último representante conocido de un pueblo entero desapareciendo sin que el mundo exterior llegara a conocer siquiera su nombre. Y, al mismo tiempo, su historia demuestra algo importante. La protección oficial de las 8000 hectáreas de territorio Tanaru permitió que sobreviviera durante muchos años. Según Survival, si esa protección hubiera llegado antes, quizá su familia y su pueblo no habrían desaparecido.

No son «primitivos»: son extraordinariamente especializados
Otro de los grandes errores que combate el informe es la idea de que los pueblos aislados representan sociedades «atrasadas» que tarde o temprano deberían incorporarse a nuestra forma de vida. Survival sostiene exactamente lo contrario: cuando no son atacados y sus territorios permanecen intactos, estos pueblos prosperan.
Sus sociedades dependen de un conocimiento extraordinariamente sofisticado del medio natural. Identifican plantas, conocen los ciclos de los animales, saben dónde encontrar agua y alimento, construyen refugios adaptados a su entorno y utilizan el bosque de una manera que les permite mantener su modo de vida.
El informe destaca su conocimiento botánico y ecológico y su capacidad de gestión del entorno. De ahí que resulte engañoso medir su bienestar exclusivamente con los parámetros de una sociedad industrial. Una comunidad puede no tener hospitales, teléfonos móviles o automóviles y, sin embargo, poseer conocimientos sobre su territorio que serían extraordinariamente difíciles de adquirir para cualquier habitante de una ciudad.
Sus vecinos son sus grandes aliados
Hay otra historia poco conocida detrás de los pueblos aislados: la de quienes los protegen desde el otro lado de la frontera invisible. En numerosas regiones son indígenas de pueblos vecinos quienes vigilan sus territorios, informan de la presencia de invasores y alertan a las autoridades.
Los Guardianes Guajajara, por ejemplo, protegen en la Amazonia oriental el territorio donde viven los Awá en aislamiento. Los Yine de Perú actúan como buenos vecinos de los Mashco Piro. En Indonesia, los Tobelo defienden los derechos de los Hongana Manyawa; en las islas Nicobar, los Nicobarese apoyan a sus vecinos Shompen.
Algunos de estos defensores conocen personalmente las consecuencias del contacto. Han perdido familiares por enfermedades o violencia y saben que respetar la distancia puede ser una forma de solidaridad. Incluso pueblos indígenas ya contactados evitan determinadas zonas del bosque para reducir el riesgo de transmitir enfermedades a sus parientes aislados y enseñan a sus hijos a no buscar encuentros con ellos.
Una señal, una trampa, una lanza: también eso es política
Quizá la idea más poderosa que atraviesa todo el informe sea que huir también puede ser una forma de resistencia. Un pueblo que abandona un campamento cuando se aproximan extraños está tomando una decisión política. Una comunidad que deja una señal para advertir «no sigáis adelante» está defendiendo su territorio. Una lanza levantada contra un intruso puede ser, desde esta perspectiva, mucho más que un arma: es una declaración de autonomía. Algunos grupos colocan trampas, cruzan lanzas sobre los senderos o dejan señales inequívocas para disuadir a quienes penetran en su territorio.
Y aquí aparece la paradoja definitiva: la mejor manera de proteger a estos pueblos es no intentar conocerlos. No fotografiarlos. No evangelizarlos. No llevarles regalos. No construir carreteras hasta sus aldeas. No convertirlos en una atracción turística. No «integrarlos» para salvarlos. Lo que necesitan, según el informe, es algo mucho más sencillo y a la vez mucho más difícil: que se respete su derecho a decidir cómo vivir y que se protejan sus tierras.
El último territorio verdaderamente suyo
Survival calcula que 196 pueblos y grupos continúan manteniendo esta relación de distancia con el mundo exterior. Pero no son reliquias de un pasado remoto. Son sociedades contemporáneas que han llegado hasta el presente y que, en muchos casos, siguen prosperando cuando disponen de su territorio. Su historia plantea, además, una pregunta incómoda para nuestra propia civilización: ¿por qué damos por supuesto que todo ser humano debe ser incorporado a nuestro mundo?
Quizá el aspecto más extraordinario de estos pueblos no sea que hayan conseguido permanecer ocultos. Es que han conseguido sobrevivir a siglos de expansión del mundo exterior y continúan diciendo que no. En un planeta cada vez más conectado, donde casi cualquier rincón puede aparecer en una pantalla de móvil, todavía existen personas que tienen la posibilidad —y el derecho— de no contestar.
Y quizá esa sea la lección más fascinante del informe de Survival Internacional: el aislamiento no es necesariamente ausencia de mundo. Puede ser una forma de defenderlo.
Referencia
Informe completo de Survival Internacional: Uncontacted Indigenous Peoples: at the edge of survival
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