Un artículo publicado en The Conversation por Ignacio Briceño Balcázar, Julio César Martínez Lozano y Lina Andrea Gómez Restrepo, profesores de la Universidad de La Sabana (Colombia) constituye un ejemplo notable de cómo la investigación contemporánea puede iluminar prácticas médicas del pasado y, al mismo tiempo, dialogar con la literatura clásica. Los autores parten de un episodio célebre del Quijote —la cura del hidalgo tras el ataque de los gatos en el capítulo XLVI de la segunda parte— para recuperar un ungüento real, el aceite de Aparicio, ampliamente utilizado en la España de los siglos XVI y XVII.
Reconstruir la receta original, recogida en el Formulario Universal de Francisco Álvarez Algala, no les ha sido fácil, ya que han tenido que interpretar los arcaísmos del castellano de aquella época, pero finalmente han conseguido elucidar la composición del aceite de Aparicio. El ungüento combinaba aceite de oliva como base con una serie de ingredientes vegetales y resinas de uso tradicional: romero, ruda, hipérico o hierba de San Juan, mirra, trementina, resina de enebro y, de forma sorprendente para el lector moderno, lombrices terrestres.
Cada componente es analizado a la luz de la literatura científica actual, lo que permite evaluar la plausibilidad terapéutica del remedio. El aceite de oliva, soporte graso habitual en la farmacopea premoderna, mantiene la herida húmeda y facilita la aplicación de otros principios activos. El romero aporta propiedades antiinflamatorias; la ruda, efectos antisépticos; el hipérico, antioxidantes y capacidad para estimular la producción de colágeno y la actividad de los fibroblastos, elementos esenciales en la cicatrización. La mirra, conocida desde la antigüedad, posee actividad antiséptica y favorece la curación de úlceras. La resina de enebro añade acción antimicrobiana y contribuye a la limpieza de heridas.
El artículo es especialmente claro al señalar los límites del remedio. La trementina, aunque utilizada históricamente como antiséptico, presenta una toxicidad elevada que puede irritar la piel y las mucosas. Las lombrices, por su parte, se justificaban por su actividad enzimática, que supuestamente mejoraba la circulación y aceleraba el cierre de heridas; una idea que, aunque curiosa, carece de respaldo sólido en la medicina contemporánea.
Los autores reconstruyen también la historia del remedio, atribuido a Aparicio de Zubiria, curandero morisco cuya receta fue adquirida por Felipe II. Este trasfondo histórico añade interés al artículo y muestra cómo la medicina tradicional se institucionalizaba en la España del Siglo de Oro.

