Hombres neandertales y mujeres sapiens protagonizaron la mayoría de los cruces

Durante más de una década sabemos que los neandertales y los Homo sapiens no solo coexistieron en Europa y Asia, sino que también tuvieron descendencia fértil. La prueba está en nuestro propio genoma: la mayoría de las personas con ascendencia no africana conserva entre un 1 % y un 2 % de ADN neandertal. Pero una investigación publicada recientemente en la revista Science ha ido mucho más allá. Gracias al análisis de los cromosomas sexuales, los científicos creen haber descubierto que aquellos encuentros íntimos no fueron simétricos: la inmensa mayoría habría tenido lugar entre hombres neandertales y mujeres sapiens, mientras que la combinación inversa fue mucho menos frecuente.

La conclusión se basa en un razonamiento genético muy sólido. El estudio, dirigido por investigadores de la Universidad de Pensilvania, comparó el ADN de neandertales con el de poblaciones humanas modernas cuidadosamente seleccionadas. Lo que llamó la atención fue la distribución del ADN neandertal en el cromosoma X, uno de los dos cromosomas que determinan el sexo.

Desde hace años se sabía que el cromosoma X humano contiene mucho menos ADN neandertal de lo esperado. La explicación más aceptada era que la selección natural había eliminado esos fragmentos porque reducían la fertilidad o la supervivencia de los descendientes. Sin embargo, al analizar también el ADN de varios neandertales, los investigadores encontraron el patrón contrario: sus cromosomas X contenían un exceso de ADN procedente de Homo sapiens. Esa combinación de resultados es difícil de explicar únicamente mediante selección natural.

La interpretación más sencilla es que los cruces entre ambas especies siguieron una dirección preferente. Si la mayoría de las parejas estaba formada por varones neandertales y mujeres sapiens, el intercambio de cromosomas X produciría precisamente el patrón observado miles de generaciones después. Los modelos genéticos indican que este sesgo debió mantenerse durante un largo periodo y no corresponder a unos pocos encuentros aislados.

Ahora bien, esto no significa que existiera una «preferencia romántica» en el sentido moderno del término. El ADN no puede revelar sentimientos, relaciones afectivas ni las circunstancias concretas de aquellos encuentros. Lo único que muestra es un patrón estadístico acumulado durante decenas de miles de años.

No se sabe por qué

¿Por qué ocurrió así? Aquí empiezan las incógnitas. Los investigadores plantean varias posibilidades. Quizá los grupos neandertales y los grupos de Homo sapiens tenían organizaciones sociales distintas; tal vez los hombres eran quienes más se desplazaban entre comunidades; o quizá determinadas uniones producían descendientes con mayor éxito reproductivo que otras. También es posible que influyeran factores culturales imposibles de reconstruir hoy. Ninguna de estas hipótesis puede demostrarse por el momento.

El hallazgo también ayuda a comprender mejor nuestra propia historia evolutiva. Durante mucho tiempo se pensó que el encuentro entre ambas especies había sido un episodio excepcional. Hoy sabemos que hubo varios episodios de mestizaje, algunos hace unos 250 000 años y otros hace alrededor de 45 000 a 50 000 años, cuando los humanos modernos salieron de África y se expandieron por Eurasia. Esos intercambios fueron escasos en número, pero suficientes para dejar una huella genética permanente.

Herencia genética

Lejos de ser un simple vestigio del pasado, ese ADN sigue influyendo en nosotros. Algunos genes heredados de los neandertales están relacionados con el sistema inmunitario, la respuesta frente a determinadas infecciones, el metabolismo e incluso la sensibilidad al dolor o a la radiación ultravioleta. Otros, en cambio, parecen haber sido perjudiciales y fueron eliminados gradualmente por la selección natural a lo largo de miles de generaciones.

Quizá el aspecto más fascinante de este trabajo sea metodológico. Los científicos han conseguido reconstruir un rasgo del comportamiento social de poblaciones que vivieron hace decenas de miles de años sin disponer de textos, pinturas ni testimonios, únicamente leyendo las huellas conservadas en el ADN. Es un magnífico ejemplo de cómo la genómica se ha convertido en una máquina del tiempo capaz de responder preguntas que hasta hace poco parecían irremediablemente perdidas.

Naturalmente, conviene mantener la prudencia. El estudio no demuestra que todos los encuentros siguieran ese patrón ni permite deducir cómo eran las relaciones entre ambas especies. Lo que aporta es la explicación más compatible con la evidencia genética disponible, una hipótesis respaldada por modelos estadísticos muy sólidos, pero que seguirá refinándose a medida que se secuencien nuevos genomas antiguos.


Fuentes: The Wall Street Journal, The Guardian, AP News, Wikipedia.

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