Una investigación publicada en Frontiers in Environmental Archaeology por Jared Carballo-Pérez y Miguel Ángel Molinero Polo, de la Universidad de La Laguna (Canarias, España), analiza arqueotanatológicamente la cámara lateral 3 de la tumba tebana TT 209, en la necrópolis de Asasif Sur, frente a Luxor. La tumba fue construida durante la XXV dinastía, probablemente en el siglo VIII a. C., y continuó utilizándose y reutilizándose durante varios siglos, hasta época ptolemaica.
El trabajo trata principalmente sobre la transformación de las prácticas funerarias a lo largo del tiempo. Los investigadores han reconstruido diferentes fases de utilización de la cámara a partir de la posición de los cuerpos, la orientación de las momias, la disposición de los brazos, los ataúdes y otros elementos funerarios. El patrón que emerge es una transición desde enterramientos relativamente individualizados hacia una acumulación progresiva de cuerpos. En las primeras fases, las momias ocupaban espacios propios y podían estar depositadas en ataúdes; conforme la cámara fue reutilizándose, los nuevos enterramientos tuvieron que adaptarse al espacio disponible y a la presencia de los anteriores.
Esto produce una imagen que, vista superficialmente, podría parecer desordenada: cuerpos superpuestos, algunos sin ataúd y colocados directamente sobre otros. Pero precisamente una de las conclusiones de los autores es que no debemos confundir acumulación con caos. La disposición de los restos revela que seguían existiendo pautas y decisiones funerarias. La cámara se convirtió progresivamente en una especie de registro estratificado de diferentes formas de relacionarse con los muertos.
El cánido
El cánido (quizás un perro, y más concretamente perra) aparece en una de esas acumulaciones tardías. En la parte sudoriental de la cámara se encontraron cuatro momias humanas y un cánido momificado superpuestos. El animal se encontraba directamente sobre las extremidades inferiores de dos individuos, un hombre y una mujer.
El estudio no demuestra que se tratara de la mascota de aquella pareja ni que el animal fuera enterrado con ellos por afecto personal, pero los investigadores no descartan esa hipótesis. Otra es que el cánido pudiera haber desempeñado una función simbólica, incluso como acompañante en el tránsito hacia el más allá. Esta cautela es importante porque permite distinguir entre lo que la arqueología puede observar y lo que intenta interpretar. Sabemos dónde estaba el cánido respecto a los cuerpos; no sabemos con certeza qué significaba para quienes realizaron el enterramiento.
Los mismos autores ya habían estudiado en 2021 un depósito funerario de la TT 209, describiendo momias y restos humanos encontrados en esta misma cámara. Aquella investigación documentó, entre otras cosas, la complejidad de los depósitos y las alteraciones sufridas por algunos cuerpos.
Referencia
Jared Carballo-Pérez y Miguel Ángel Molinero Pol (2026): From individualized mummies to collective accumulations: an archaeothanatological analysis of funerary reuse in Theban Tomb 209 (Twenty-Fifth Dynasty–Ptolemaic Egypt). Front. Environ. Archaeol. 5:1888379. doi: 10.3389/fearc.2026.1888379.

